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La influencia social en las decisiones será el éxito del 15M
Generalmente, es muy difícil hacer un análisis de un acontecimiento cuanto éste sucede, y la confusión aumenta si el narrador es también parte en ese acontecimiento. Decía Vasco Pratolini que los generales son los menos indicados para escribir la historia de una batalla. No se por qué me ha venido a la cabeza este genial escritor italiano, pero creo que también fue él quien dijo que todos vivimos en una celda cuyos límites son el mundo que podemos abarcar: hay quien nunca ha podido salir de su barrio, de su ciudad, de su provincia...
La reacción social conocida como 15M se encuentra en un momento crítico. Está claro que los destinatarios de sus ataques: los políticos y los grupos de influencia del capital, han adoptado la estrategia de taparse ojos y oídos para dejarlo morir. Están convencidos de que la ausencia de un objetivo inmediato, como pudieron ser las elecciones del 22, desactivará la protesta por la vía de la resignación, como siempre.
Una de las principales críticas que se han hecho al movimiento es el que haber confundido las formas con el fondo. Es cierto que la extensión de esta creencia puede desanimar. El pueblo (o al menos una parte) ha mostrado un arma más potente que cualquiera de las conocidas, pero resulta que estaba descargada. Inservible incluso para la disuasión. El arma deja de dar miedo cuando sabemos que no tiene munición.
Pero no estoy de acuerdo con esta crítica. De hecho, por ahora, todo se resume en una cuestión formal. Habrá que saber qué pasa cuando esta cuestión pase al fondo, es decir, a la toma de decisiones. El 15M mostró una forma (de organización caótica, espontánea, inmediata y distribuida en redes), frente a otra forma: la democracia “formal” (de organización vertical, esporádica, premeditada y expresada en las urnas).
Ambas formas pueden ser válidas para la toma de decisiones, pero la caótica, espontánea, inmediata y distribuida en redes es mucho más justa y democrática.
El Movimiento 15M eligió muy bien a los destinatarios de las protestas: los políticos que reciben la capacidad de tomar decisiones en las urnas y los grupos económicos y financieros que reciben la capacidad de tomar decisiones del dinero.
Esta concentración de poder deja fuera de los sistemas de legitimación democrática a grupos sociales con intereses comunes de la importancia de los trabajadores, pero también otros como los vecinos, las Organizaciones No Gubernamentales, etc.
La Democracia Participativa formulada por Heintz Dieterich Steffan propone que exista una cámara de representantes más (además del Congreso y el Senado), que actuaría como Cámara Económica y Social, con los sindicatos y la patronal. Además, las decisiones importantes requerirían de un método plebiscitario, habría que dar un sentido al Senado y dar voz a la sociedad en aquellas esferas excluidas de la política (que ya está en el Congreso) y la economía (en la Cámara Esconómica y social) que según su modelo, que no comparto en su totalidad, serían los aspectos culturales y militares.
Por eso creo que el verdadero acicate del Movimiento 15M debe clavarse en los lomos de los sindicatos, de las asociaciones de vecinos, de las ONGs... Las formas ensayadas por esos que muchos califican de “utópicos perroflautas” son las más acertadas y eficaces en este momento, por mucho que se puedan apagar momentáneamente por aquella falta de munición. Y si los sindicatos, las asociaciones de vecinos y muchas ONG siguen empeñadas en instalarse en el confort cautivo de las subvenciones otorgadas por los políticos y el capital, deben saber que llegará un día en el que el arma del 15M, en ese momento, sí, cargada de munición, les estallará en la cara.
La verdadera reválida del Movimiento 15M será cuando bien el Gobierno, bien el Congreso de los Diputados, bien el Poder Judicial o bien los poderes financieros (como el FMI o las agencias de calificación), estén próximos a adoptar una decisión concreta en contra de la voluntad popular. Será entonces cuando el Movimiento 15M tenga que volver a la calle, con toda su fuerza y cargada de munición dialéctica. La Ley Sinde, que muchos apuntan con el germen de este Movimiento, fue un ejemplo de reacción ante una decisión concreta. A partir de ahora, siempre ha de ser así. Ese será el éxito del Movimiento 15M y del uso de las redes sociales, que nos abren las puertas de la celda en la que estábamos condenados. El primer paso, irrenunciable, debería ser la lucha por el cambio de una Ley Electoral injusta y plutocrática.
La Revolución sí tiene ideología. Democracia Participativa
Esta democracia es una mierda. La razón principal para que lo sea es su incapacidad, o en realidad, su falta de voluntad, para que las personas con pocos o medianos recursos (que son la mayoría) podamos participar en la toma de decisiones que nos afectan directamente.
Todas las democracias que llamamos occidentales son una mierda en mayor o en menor medida y, en una sociedad global en la que el mundo occidental impone sus criterios, esto es un problema gigantesco, para el que se impone una solución radical.
En el caso de España, el déficit democrático tiene algunas características propias: el régimen fue cimentado sobre una reforma, también llamada “transición democrática” en la que no se produjo una ruptura suficiente con lo anterior: la última dictadura militar fascista de Europa (en la que para ser “gente de bien” había que declararse “apolítico”, un absurdo que luego se reforzó con algunas interpretaciones de la postmodernidad, con el fin de las ideologías, con la renuncia al marxismo de algunos partidos que se declaran de izquierdas, etc.). Se aceptó, además, que el jefe de Estado fuese la persona nombrada para tal fin por el dictador y se articuló un sistema de separación de poderes con una cámara de representantes sin sentido (el Senado) y con una fórmula para repartir la soberanía popular que aboca al bipartidismo (la Ley D'Hont).
Como ya he escrito otras veces, el resultado es un régimen que se llama democrático pero que limita la participación de los ciudadanos a la elección entre dos opciones una vez cada cuatro años.
Según el materialismo histórico, siempre hay una crisis que marca el final de un sistema y el comienzo de otro. En el “micro-caso” español, la única crisis fue una tromboflebitis que llevó a la tumba a un indeseable.
En el “macro-caso” global, las discusiones sobre el final del capitalismo (y por lo tanto el comienzo de otra etapa histórica) se suceden desde principios del siglo pasado. Es curioso que cuando el PSD alemán comenzaba a sucumbir a la burguesía, el revisionista Eduard Bernstein dijo que la capacidad de adaptación del capitalismo se manifiesta en la desaparición de las crisis generales. Luego vino la crisis del 29. Me recuerda la obra del neocon Fukuyama y su tesis del final de la historia (con el desmoronamiento de la URSS) en la que volvía a decir lo mismo, que el capitalismo había logrado acabar con los ciclos económicos y, con ello, con la Historia. Luego vino la crisis del 2008.
Bernstein es uno de los responsables de la evolución de los partidos socialdemócratas durante el siglo XX: su apuesta por la reforma y su renuncia a la revolución. La socialdemocracia asumió que el capitalismo era capaz de dotar a la sociedad de un bienestar que imposibilitaría cualquier intento de revolución o, incluso, de lucha de clases. Aceptó como válido el camino de la democracia burguesa hacia el bienestar y la justicia social.
Hoy nos parece evidente que nada de eso ha funcionado. El estado de bienestar ha derivado en un estado de decepción generalizada. No solo no ha habido una reforma del capitalismo hacia otra etapa de mayor justicia social, sino que el propio capitalismo se ha fortalecido con instrumentos que hacen que sea la banca quien se favorezca (con la burla de los rescates) de los bienes públicos cuando dice atravesar dificultades. En todo caso, ha habido una evolución desde un capitalismo de orden hacia un anarco-capitalismo.
En los anteriores post he tratado de aclararme un poco las ideas sobre cómo sería el funcionamiento de un sistema horizontal participativo frente a esta democracia vertical que limita al máximo la participación. El socialismo frente a la barbarie, o el caos frente al orden.
En el Mayo del 68 francés, la revolución tuvo un sólido sustento teórico en las tesis del grupo de intelectuales del Partido Comunista conocido como “Socialismo o Barbarie”, en el que militaban la mayor parte de los filósofos y sociólogos que más tarde desarrollarían los conceptos de la postmodernidad y de la hipermodernidad: Lyotard, Castoriadis y, más tarde, Lypovestky. Se trataba de una nueva revisión del marxismo “no dogmática” que acabó en desideologización y, con la caída del Muro de Berlín, en el anuncio del “fin de las ideologías”.
Desde ese punto de vista teórico, hoy nos parece evidente que tampoco ellos llevaban razón.
En cambio, en 1996, Heinz Dieterich Steffan introduce el concepto “Socialismo del siglo XXI” que según la propia definición del autor, es sinónimo de Democracia Participativa. En el fondo, lo que propone es medir el valor de las cosas en términos de trabajo y no en términos de mercado. Un bien, un producto o un servicio son tasados en función de las personas necesarias para producirlo y el tiempo invertido. Se eliminan tanto la especulación como el imperio de la demanda sobre la oferta (bases del sistema de mercado): el capital y la cultura de lo supérfluo.
La propuesta ha derivado en otras, como la autogestión, las Comunidades Creativas, la sostenibilidad, etc.
En las formas, el modelo se basa en la combinación de las cámaras de representación (que serían tres en lugar de dos: una para los partidos o soberanía política, y dos para la soberanía social: el Senado y una cámara socio-económica) con sistemas de democracia directa, de participación inmediata de los ciudadanos en la toma de decisiones, tanto si forman parte de una mayoría como si no Y aquí tendrían un papel principal las facilidades que otorgan las nuevas tecnologías y la siempre eficaz movilización social.
Existe, por lo tanto, una formulación teórica consistente para la transformación de las actuales democracias en otras que ofrezcan un mayor protagonismo a los ciudadanos. Una formulación teórica que debe ser conocida y discutida, que debe ser defendida. Y no es, para nada, una postura “apolítica”, no es una postura que pueda contentar a todos: “unos más progresistas y otros más conservadores; unos creyentes y otros no; unos con ideologías bien definidas y otros apolíticos”. La frase entrecomillada forma parte del Manifiesto 15 de mayo de "Democracia Real Ya".
De acuerdo con lo escrito en los posts anteriores (La seducción del caos I, II, III y IV) lo que está sucediendo estos días en las ciudades de España me parece un gran acontecimiento, emocionante; el resultado lógico de una situación crítica, de un modelo de comunicación horizontal (caótico) y de unas posibilidades técnicas (la web 2.0). Los individuos que conforman la masa reunida en la Puerta del Sol de Madrid, en Barcelona o en cualquiera de las otras ciudades, han podido comprobar el poder que tienen. Han enseñado músculo. Pero lo verdaderamente importante es lo que pueden hacer con ese potencial. Históricamente hemos podido ver qué es lo que puede hacer la masa cuando muestra su fuerza. Lo mejor, pero también lo peor. La diferencia está en el camino que toma: en la ideología. Hemos visto, por ejemplo a las juventudes alemanas bajo los estandartes en el German Stadium, o a la masa “apolítica” española en la Plaza de Oriente.
Para avanzar es necesario saber dónde es delante y donde detrás. El caos es evolución y el orden es involución: no es suficiente con estar “cabreado”, porque el riesgo es que algunos dejarán de estarlo cuando un banco vuelva a concederle una hipoteca basura, o cuando una ETT vuelva a ofrecerle un puesto de trabajo (también basura).
La “spanish-revolution” no lo será hasta que se consolide en los momentos en los que realmente sean otros los que vayan a tomar una decisión que nos afecte y no nos dejen participar. No lo será hasta que se consolide en ese periodo de cuatro años en el que no se cuenta para nada con nuestras opiniones. Ahora es cuando tenemos la posibilidad de elevar nuestra voz en las urnas contra el bipartidismo, (o al bipartidismo imperfecto “de tres” donde existen partidos nacionalistas) votando a otra opción. En caso contrario, les estaremos habilitando para que sigan ejerciendo su poder sobre nosotros. La “Democracia real” es (mientras no se defina) un concepto vacío, pero la “Democracia Participativa” está llena de significado. Y hay que reclamarla en cada momento.
La seducción del caos (IV)
Decir que la sociedad tiene forma de red no es un planteamiento ideológico, sino la constatación de una realidad. El término “caótico” no tiene una consideración ética o moral y no puede ser calificado en términos de bondad o maldad, de conveniencia o inconveniencia.
A algunos dogmáticos, el uso de la Teoría del Caos en la revisión del marxismo les parece inconveniente. El esquema de planificación e intervención del Estado que siguen defendiendo no se puede justificar desde una interpretación de la sociedad a partir de la Teoría del Caos. No hay lugar para la creatividad o para la espontaneidad y, sobre todo, en su esquema de organización sigue siendo necesaria la jerarquía, la verticalidad, que dificulta, por no decir que imposibilita, la retroalimentación y la participación.
Esta postura suele basarse en la obra “Imposturas intelectuales” de Alan Sokal y Jean Bricmont. Se trata de una crítica general al “abuso reiterado de conceptos y términos procedentes de las ciencias físico-matemáticas”. El capítulo dedicado a la teoría del caos intenta “desmontar” principalmente el pensamiento de Jean-François Lyotard, autor de “La condición postmoderna. Informe sobre el saber”, punto de partida de una de las principales corrientes de pensamiento en la segunda mitad del siglo XX. Curiosamente, Lyotard, junto con otros autores como Gilles Lypovetsky o Cornelius Castioradis formaron parte del grupo “Socialismo o barbarie”, llamado así en honor de la célebre expresión de Rosa Luxemburgo.
La vanidad científica de Sokal y Bricmont choca no sólo con la lógica, sino también con la historia. Sin necesidad de remontarnos a las cosmogonías griegas o judeocristianas y sus mitos, el Renacimiento marca el inicio de la epistemología como teoría del conocimiento científico. La hermenéutica, ya en el siglo XX, señala la dualidad entre las ciencias de la naturaleza (que requieren de una explicación) y las ciencias del espíritu (que requieren de una interpretación). Sin embargo, la teoría del caos difumina la linea que separa la explicación de la interpretación: más que explicar las improbables certezas interpreta las incertidumbres y probabilidades. Científicos como Henri Poincaré, Hendritz Lorentz y el propio Einstein, como padres de la relatividad; Erwin Schrödinger y su paradoja del gato cuántico, e incluso Edward Lorenz, con su efecto mariposa, han transitado sobre esa línea difusa que nos ha abierto las puertas a la incertidumbre y a la estadística.
La teoría del caos es tanto epistemología como metafísica, una nueva interpretación de los sistemas, ya sean matemáticos, físicos, biológicos, económicos, sociológicos o políticos.
Hay ejemplos de todo tipo de sistemas caóticos: la meteorología, las redes sociales, los fractales, los mercados financieros, la física de partículas, la evolución de las especies, el comportamiento del Universo... Las aplicaciones de la Teoría del Caos son infinitas: Desde catastróficas como la organización del terrorismo islamista en la forma de la red Al Qaeda hasta sistemas de justicia, intercambio y “compartición” como los esquemas “peer to peer” de internet; desde la bolsa de valores hasta la democracia participativa; desde la neurología hasta el arte; desde las predicciones meteorológicas hasta la aplicación de fractales a la interpolación de imágenes.
Este último caso resulta muy interesante y curioso por cuanto es capaz de “inventar” la realidad a partir de una información limitada. Uno de los principales problemas de la fotografía digital (y también de la analógica) es la limitación de información contenida, que generalmente se expresa en puntos por pulgada. La información que tenemos de la realidad está siempre limitada a la cantidad de puntos que hayamos podido “capturar” y que pueden ser reproducidos en una unidad de superficie. Cualquier intento de ampliar la fotografía más allá de su resolución (puntos o píxeles por pulgada o por centímetro cuadrado) requiere de una interpretación de cómo sería esa imagen en el caso de que dispusiéramos de más información. Es lo que se denomina interpolación. La forma más sencilla es la interpolación lineal, a partir de los píxeles próximos, que en el caso de la fotografía nos ofrece resultados muy pobres. Luego hay toda una serie de algoritmos como la interpolación bilineal o bicúbica (que utiliza Photoshop). Pero el software con el que posiblemente se obtienen mejores resultados (hasta un 1.000 por ciento de ampliación sin perder nitidez) es “Genuine Fractals” que, en lugar de analizar puntos próximos, analiza la complejidad de la imagen y, además, a partir de probabilidades, introduce la posibilidad de usar texturas preestablecidas.
Otra característica de la percepción de la realidad es la subjetividad, que introduce un nuevo componente caótico. Un músico, por ejemplo, sabe que cuando interpreta con sistemas informáticos debe introducir aleatoriamente imperfecciones para evitar que la música suene irreal y desagradable. En el caso de la reproducción de imágenes en papel, llama la atención la alta calidad que logran las impresoras de chorro de tinta con fotografías de baja resolución. Mientras que una máquina offset necesita de 300 puntos por pulgada, una impresora de chorro de tinta nos ofrece una calidad similar con sólo 150. La causa es el sistema de inyección, que distribuye puntos de tinta de una forma aleatoria (caótica). Hoy, la impresión offset utiliza tramas estocásticas (de distribución de puntos que parece aleatoria pero que es el resultado de un algoritmo) para lograr una mayor sensación de realidad.
Por lo tanto, no sólo la realidad es caótica, sino que también lo es la forma en la que la percibimos.
La seducción del caos (III)
Una razón principal de la autoridad de Lenin en el marxismo fue la victoria de la Revolución de Octubre. Lamentablemente, otras corrientes del pensamiento marxista, como el espartaquismo alemán, no corrieron la misma suerte. A principios del siglo pasado, la discusión en el seno de la Internacional era apasionante y constructiva, pero derivó, sobre todo a la muerte de Lenin, hacia un tipo de “pensamiento único” impuesto desde Moscú.
Marx y Engels sostenían que "la emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma". Este pensamiento fue un fundamento de crítica de Luxemburgo hacia una revolución llevada a cabo por militares. Además, habría que añadir que su resultado fue la creación de una nueva oligarquía que impedía el protagonismo de la clase obrera en su propia emancipación. Se creó una nueva cúpula en un esquema vertical de organización en lugar de buscar un medio de “horizontalizar” esa organización. (Se puede consultar documentación aquí)
En aquel momento, esa “horizontalización” era inviable desde el punto de vista metodológico y, sobre todo, técnico y, durante décadas, hubimos de conformarnos con la explicación de que la democracia (burguesa) era el menos malo de los sistemas. Si no todos podemos participar en la decisión, al menos podemos elegir a las personas que deciden. Pero, como he dicho anterioormente, la consecuencia más frecuente es la corrupción de los elegidos por parte del verdadero poder, que se concentra hoy en la caótica nebulosa de los mercados financieros.
En este momento sería conveniente recuperar el pensamiento de Rosa Luxemburgo centrado en los medios, más que en el fin. Para Luxemburgo, en cada huelga, en cada protesta, lo más importante no era vencer, sino avanzar. Lo dejó claro durante las pocas horas que vivió tras el intento de revolución de enero de 1919 en Berlín, cuando hizo una apología de la derrota en su último artículo.
En los últimos años, y después del debate finisecular postmoderno sobre el fin de las ideologías, uno de los pocos intentos solventes de actualización del marxismo fue “El socialismo del Siglo XXI”, de Heitz Dieterich Steffan. Para este sociólogo alemán afincado en México, Socialismo del Siglo XXI es sinónimo de “democracia participativa”. Se puede bajar el libro completo.
Sin pararme a analizar algunas visiones anacrónicas contenidas en el libro, creo que el de la “democracia participativa” es un buen debate para el presente. Es evidente que el lenguaje de Marx, Engels o Lenin, utilizado en el momento actual, es anacrónico. Fundamentalmente habría que revisar el concepto de proletariado o clase obrera frente a capitalismo o burguesía. Hoy, la verdadera confrontación es entre las personas y el mercado financiero. Y, en este momento, las víctimas de la crisis iniciada por el mercado financiero son tanto los trabajadores que se quedan sin medio de vida como los autónomos o los pequeños (y no tan pequeños) empresarios que se quedan sin medios para seguir produciendo bienes y servicios necesarios por culpa de los que se dedican a acumular capitales a base de apostar sobre lo superfluo.
Lo verdaderamente importante es que la postura de cada persona, independientemente de su clase y posición, tenga el mismo peso en el momento de tomar decisiones. Y que las minorías tengan capacidad para decidir sobre cuestiones que les afectan. Algo imposible en las actuales democracias.
La visión de Heitz Dieterich establece algunos paralelismos entre las ciencias humanas y la física, la biología o las matemáticas. En el funcionamiento de los grupos humanos identifica dos partes: una previsible y, por lo tanto, planificable, y otra imprevisible y, por lo tanto, caótica. Así, establece dos zonas: una Zona de Dirección, para lo previsible, y una Zona de Creatividad o de Permisividad para lo imprevisible.
En física encontramos claramente este paralelismo: la física newtoniana, de resultados concretos, se sigue utilizando para determinados sistemas, mientras que para otros, como la física cuántica o la relatividad, son necesarios otros cálculos, de resultados probabilísticos.
No creo que las sociedades puedan compararse a la física tradicional porque, como ya dije, la simplificación en fórmulas (como la Ley D'Hont) tiene resultados injustos. Otra cosa es que hayamos tenido que hacerlo así por falta de medios tecnológicos.
Las sociedades son caóticas e imprevisibles, como se ha demostrado estos días en la región mediterránea islámica, como se demuestra cada día con las tendencias de opinión que surgen en las redes sociales, o como muestran iniciativas como la de Anonymous.
La clave del nuevo modelo está en la creatividad y en la permisividad, en una estructura social que tiene forma de red y que es, por lo tanto, caótica. La creatividad es una cualidad de la realidad no lineal y, por lo tanto, abierta, y la permisividad es causa de aleatoriedad. Entran en la descripción de caos.
En el tiempo de Rosa Luxemburgo, el avance creativo era únicamente posible desde la masa. El ruido y los desórdenes provocados durante las protestas expresaban la voluntad de cambiar, de avanzar hacia un sistema más justo. La revuelta era, como todavía lo es hoy en muchas ocasiones, la única forma de comunicación eficaz. La visión del marxismo de Rosa Luxemburgo es también calificada como espontaneísmo. La espontaneidad de la revolución no es más que una expresión de esa Zona de Permisividad o de Creatividad, una expresión del caos. Entonces era imposible afrontarlo desde un punto de vista individual, porque no había forma de que la creatividad de un individuo pudiera darse a conocer si no era a través de los medios al servicio del poder. Hoy, este planteamiento es el que lleva a algunos movimientos libertarios a convocar Black Blocks, en los que una masa de individuos vestidos de negro y con los rostros cubiertos asumen juntos una reivindicación en la calle. No es necesariamente “su” reivindicación, o al menos no la de todos ellos, pero participan por solidaridad o porque “hoy por ti y mañana por mi”.
La seducción del caos (II)
El orden convencional fue en su momento una necesidad impuesta por limitaciones en la técnica y en el conocimiento, un ejercicio de síntesis para explicar el mundo y lo que sucede desde la simplicidad de una fórmula o una relación causa-efecto. Para la organización de las personas, esta simplificación fue frecuentemente impuesta por la fuerza: el jefe de un clan o de una tribu, el rey, el señor feudal, el dictador. La aplicación del orden al contrato social únicamente podía hacerse mediante la delegación de la toma de decisiones colectivas y, muchas veces también, íntimas. De la misma manera que la geometría euclidiana trataba de reducir el espacio a formas ideales, como círculos, esferas, polígonos o poliedros, la necesidad de las sociedades de tomar decisiones se redujo a los líderes o dirigentes, independiemente del contrato que los legitimara: una imposición forzosa: regímenes y dictaduras militares; o un sistema de delegación legitimada por grupos más o menos grandes: dictaduras civiles oligárquicas (donde el gobierno es designado por minorías) o democracias (donde el gobierno es designado por mayorías).
Pero la necesidad de simplificar, que viene impuesta por las circunstancias, no convierte a la organización de un sistema en más eficaz ni en más justo. Tomo un ejemplo de Escohotado: en el ejército, la concentración de la toma de decisiones en una sola persona, por ejemplo un sargento, no lleva a la tropa a elegir el mejor camino, sino el más sencillo de expresar con órdenes simples. Imaginemos a una tropa en un punto determinado de un gran aparcamiento. El objetivo es alcanzar otro punto situado en el otro extremo. El sargento va diciendo; de frente, media vuelta, variación derecha, variación izquierda, paso ligero, etc.. Cualquier grupo de personas situado en el mismo punto de partida y sin la necesidad de actuar de una forma ordenada alcanzaría el objetivo de una forma mucho más rápida. El caos ha sido más eficaz que el orden.
Las cuestión que quedaría por resolver es la de saber cuál es el objetivo y si realmente queremos, o necesitamos, llegar allí.
El ejemplo emblemático de la teoría del caos es la meteorología. De hecho ha sido un meteorólogo, Edward Lorenz, uno de los principales padres de las formulaciones del caos. Frente al principio tradicional de que las mismas causas causan los mismos efectos, la experiencia nos muestra que pequeñas variaciones en el origen de un proceso pueden causar grandes modificaciones en su resultado. Es lo que se ha explicado de una forma simple como el “efecto mariposa”. Los técnicos saben que la predicción del tiempo atmosférico tiene un límite en el tiempo y que la fiabilidad guarda una relación inversa con el lapso que transcurre entre la predicción y lo que se trata de predecir. Pueden surgir pequeñas causan que provoquen grandes modificaciones, o puede haber causas no previstas cuyos efectos todavía no son sensibles.
Sin embargo, es sorprendente el grado de acierto que tienen a corto y medio plazo muchos de los servicios meteorológicos que se ofrecen por internet. La principal causa es que los adelantos tecnológicos permiten evitar cada vez más las simplificaciones y analizar cada vez más variables. Los cálculos de los super-ordenadores son los que han permitido esos avances. Los científicos ya no tienen que trabajar, como sucedía hasta ahora, con el conocimiento que entraba en sus cabezas y unos cuantos libros acumulados en unas estanterías; y con un lápiz, un papel o, como mucho, una calculadora, como herramientas de cálculo. Ya no tienen necesidad de simplificar para alcanzar resultados fiables. Eso sí, han renunciado a la certidumbre y han tenido que añadir las variables de incertidumbre en sus cálculos. Ahora, los científicos hablan de probabilidades. Cuantas más, mejor. Si en un servidor de meteorología leemos que hay una probabilidad de lluvia de un 80 por ciento, es mejor que saquemos el paraguas.
La ruptura de las cadenas que constreñían a la ciencia a causa de esa necesidad de simplificar es un hecho asumido hoy por todos los científicos. La posibilidad de trabajar y hacer análisis en red y de hacer millones de cálculos por minuto ha acabado con las certidumbres pero, a cambio, ha permitido avanzar en el conocimiento.
Sin embargo, en los ámbitos del saber relacionados con el comportamiento humano y sobre todo, con la convivencia, los encargados de tomar las decisiones prefieren mantenerse en la era de las cavernas. La política no ha aprovechado en absoluto las posibilidades de la red. Y ha sido por puro instinto de supervivencia de los políticos y de los grupos de poder. Estos últimos, además, llevan tiempo viviendo de las posibilidades de éxito que ofrecen las incertidumbres y el caos. Ese es el fundamento del funcionamiento de los mercados. Si fueran absolutamente predecibles, nadie ganaría porque todos tratarían de invertir a ganador. De ahí el valor del riesgo.
Los griegos ya se plantearon el dilema de cómo decidir quién debe ostentar la delegación de la capacidad de toma de decisiones. Uno de los sistemas adoptados fue el sorteo. Totalmente justo y legítimo. Si todos somos iguales y tenemos las mismas responsabilidades, debemos también tener el mismo riesgo de tener que dedicar momentos de nuestras vidas a la cosa pública. Y digo riesgo y no oportunidad. Porque imaginemos que el sistema de decidir quién ha de ser el alcalde de una población fuera el mismo que el que adoptamos en una comunidad de propietarios. Nadie quiere ser el presidente, a no ser que tenga un verdadero interés y vocación de servicio en favor del bien común. Sucede en muchos pueblos pequeños, donde la población se tiene que poner de acuerdo para convencer a alguien para que se presente a las elecciones.
¿Por qué, entonces, hay piñas en los procesos electorales? Porque desde que se hizo necesario el proceso de simplificación y que una persona o un grupo reducido tuvieran la legitimidad para tomar las decisiones, los posibles beneficiados por esas decisiones se han dedicado a utilizar todo tipo de herramientas de persuasión sobre esas personas o esos grupos reducidos: desde la simple adulación hasta el cohecho. De ahí que la corrupción esté presente en todos los regímenes, incluidas las democracias, donde es considerada “un problema” y no una característica inherente al sistema.
Y es también la corrupción la explicación de por qué no se ha abierto la política a las oportunidades de responsabilización de los individuos en los procesos de toma de decisiones que ofrece la tecnología y la organización caótica en red.
En realidad, el gobierno de los políticos puede no ser tan necesario como nos parece. Las piñas entre nacionalismos en Bélgica, por ejemplo, han provocado que el país lleve sin gobierno desde abril del año pasado. Y durante todo este tiempo el Estado no ha dejado de funcionar. Y algo similar pasó en Holanda. El caso es que Bélgica, el corazón de la Europa democrática, lleva casi un año sin gobierno, pero el tranvía sigue atravesando Bruselas, funcionan los aeropuertos, los trenes, las carreteras, la policía... Y la vida sigue. Los belgas, incluso se lo toman con sentido del humor (“Huelga de sexo hasta que Bélgica tenga gobierno”).
Eso nos lleva a que lo realmente necesario es un sistema de eficaz de administración. Funcionarios diligentes, que trabajan para la comunidad, no necesariamente por verdadero interés y vocación de servicio, sino como un medio de ganarse la vida. De entre los tres poderes del Estado, uno, el de la Justicia, está formado por funcionarios de carrera que acceden a los puestos de responsabilidad a través de un sistema de méritos establecido por el pueblo. O así sería si realmente la democracia expresara la voluntad popular.
La última encuesta del CIS refleja que el 80 por ciento de los ciudadanos expresa tener poca o muy poca confianza en los líderes del PSOE y del PP. ¿Dónde está la democracia? La única posibilidad real de participación consiste en expresar una opinión cada cuatro años para decidir entre dos alternativas de las que desconfía la inmensa mayoría.
Dejaré todavía para otra entrada mi opinión sobre el fenómeno Wikileaks. Pero, sin embargo, sí me referiré ahora a Anonymous. Este movimiento, en principio sin líderes y con pocas posibilidades de ser manipulado, nació como un objetivo: desentrañar el carácter sectario de la Iglesia de la Cienciología. Posteriormente planteó otro, relacionado con la libertad de expresión, en el que se enmarcan las campañas sobre wikyleaks y sobre los abusos en la propiedad intelectual. Alguien, un individuo, o un grupo plantea el asunto y propone una acción. Si no hay un interés razonable, la acción fracasará. Pero si el tema interesa, cada individuo que accede a las redes dispone de la posibilidad de apretar el botón que activa un software que colapsa un sitio web.
Independientemente de la herramienta, que puede ser otra, y de los objetivos concretos de estas campañas, este sistema caótico muestra que es posible invertir el proceso de toma de decisiones. Cualquier sistema político se basa en un esquema “de arriba a abajo”. Arriba se propone y, en todo caso, abajo se vota. Sin embargo, la red permite que las propuestas de las minorías (silenciadas por la democracia) o incluso de los individuos (hay muchos genios carente de vanidad que viven en la sombra) puedan ser aprovechados por las sociedades si resultan convenientes, beneficiosas o razonables.
Los cambios en Túnez y Egipto no se entenderían sin el uso de la red. En una de las pocas intervenciones de Mubarak durante las protestas, el presidente dijo que los egipcios que se necesita liderazgo para elegir entre el orden (dijo la estabilidad) y el caos. Y el pueblo egipcio asumió ese papel (que Mubarak atribuía al liderazgo) para elegir el caos.
No dejemos entrar al veneno en las redes
La paradoja es una de las cualidades que identifican a las sociedades actuales. O, mejor, es la consciencia de la paradoja lo que nos califica. Hemos aprendido a tolerar la paradoja, aunque no la hayamos comprendido. Porque, en realidad, siempre ha estado ahí. Vivimos con la certeza absoluta de que moriremos, y aún así vivimos. Esa es, probablemente, la paradoja fundamental y, a partir de ahí, todo lo que hacemos y sentimos está condicionado por ella.
Paradoja es un antónimo de verdad aunque la verdad es en si misma una paradoja, como decía en una entrada anterior. La verdad es un camino infinito en el que, por mucho que avancemos, siempre podremos dar un paso más.
Desde luego, hay teorías científicas que tratan de explicarlo. Los psicólogos hablan de resiliencia, esa capacidad que tenemos las personas para sobreponernos a la adversidad, por muy insoportable que parezca. Este concepto explica que podamos seguir viviendo tras la muerte de nuestros padres, tras la muerte de nuestros compañeros o compañeras, e incluso tras la muerte de nuestros hijos. Y es también mediante la resiliencia cómo se puede explicar que vivamos aún sabiendo que vamos a morir. Porque no vamos a negar que la muerte propia es una adversidad que, como seguridad absoluta, se produce en el momento mismo en que somos conscientes de que va a producirse. Y, en cambio, nos sobreponemos a ella.
Richard Dawkins, en “El gen egoísta”, dotó a estas paradojas de un cierto sentido. El objetivo de la supervivencia no es la sociedad, ni somos nosotros mismos. El objetivo de la supervivencia es el gen. Todos los seres vivos, desde las personas hasta los virus, no somos más que máquinas de supervivencia para un replicador llamado ADN. Y la única causa de todo sería una ley física, la de la “supervivencia de lo estable”, que es la que hace que lo que permanezca sean los grupos de átomos que alcancen ese estado de estabilidad. Todo en la vida sucede para garantizar la supervivencia de los átomos estabilizados en el ADN. Tiene mucho sentido.
¿Como se explican entonces los comportamientos irracionales, los sentimientos, o las supersticiones, entre ellas la religión? ¿Cómo se explica la paradoja?
La evolución habría llevado a las máquinas de supervivencia del ADN a crear a su vez otra máquina, el cerebro, que tiene también tiene una capacidad para replicar, en este caso comportamientos, o unidades de información cultural. De la misma manera que los genes son capaces de duplicarse, los seres dotados de cerebro somos capaces de los que nos sucedan nos imiten. Por eso Dawkins, además de hablar de genes (como unidades de información genética) habla de memes (como unidades de información cultural). Uno de los espectáculos más sobrecogedores a los que he asistido en mi vida ocurrió en la península de Valdes, en Argentina, cuando un grupo de orcas adultas enseñaba a sus crías un sistema de caza consistente en atrapar leones marinos sobre la arena de la playa. Las orcas quedaban varadas hasta la llegada de la siguiente ola. Sólo las orcas de aquellas latitudes cazan así, por lo que no se trata de un instinto asociado a la especie sino un comportamiento social o cultural que se transmite entre generaciones.
No se si lo han hecho ya, pero los sociólogos deberían inventar un concepto equivalente a la resiliencia para explicar por qué a pesar de que las personas seamos seres condenados a imitar a los que nos precedieron somos capaces de sobreponernos y avanzar, somos capaces de no resignarnos y rebelaros incluso contra la ley física de la supervivencia de lo estable.
¿Donde encajan la ética y la moral? ¿donde encaja la empatía? El cerebro no solamente nos otorga la capacidad de imitar, sino también la de ponernos en lugar del otro, compartir sus sentimientos y sus padecimientos: desde la vergüenza ajena hasta la solidaridad.
Somos seres paradójicos, con capacidad de rebeldía a pesar de haber sido concebidos para garantizar la estabilidad. Capaces de cambiar el significado biológico de placer y bienestar, capaces de valorar lo inútil y lo vulgar por el simple hecho de vivir con otros y ponernos en su lugar.
Los genes han sido capaces de fabricar cerebros y los cerebros serán capaces algún día de ir más allá. Hasta ahora se ha creído que este nuevo paso sería la inteligencia artificial. Yo creo más bien que será algo así como la inteligencia compartida. El mecanismo de evolución de los genes es la réplica, el de los cerebros la imitación, y el de lo que venga después será la compartición.
Se trata de un proceso que empezó, probablemente, en los peripatéticos paseos de Aristóteles; que continuó con los libros y con los medios de comunicación. Hoy la red nos acerca más a ese objetivo. Cuando escribo ésto soy capaz de acceder inmediatamente al conocimiento de alguien a través de herramientas como Google.
Ideas como la de la neutralidad, la igualdad, la solidaridad, la empatía o la abolición del poder adquieren una relevancia todavía mayor de la que adquirieron en procesos como la Revolución francesa o en propuesta como el marxismo.
Toda esta reflexión es el resultado de algo que me pasó el otro día. Pude comprobar lo que sucede cuando un sistema de comunicación en red se sostiene en un esquema de jerarquía (de poder). El mandato de Pentecostés (el de las llamitas y la reversión de la condena de Babel) dio origen al ejemplo más exitoso de redes sociales habido hasta el momento: la Iglesia Católica. Una propagación a través de individuos: “id por todo el mundo y anunciad el evangelio”. La red que se creó entonces no fue en absoluto neutral. De hecho, el mensaje original fue cambiado y distorsionado en numerosas ocasiones por aquellos que tenían el poder de hacerlo: las altas jerarquías.
El resultado fue una cápsula de veneno mortal recubierta de aquel mensaje original de amor, igualdad y solidaridad. Las personas siguieron comulgando aquel rico caramelo en el que los poderosos habían escondido su ansia de poder, riqueza y sometimiento.
Pero, a veces, el veneno aflora. El otro día, en una romería en un pueblo de Galicia, en un entorno de diversión y felicidad, un sacerdote dijo durante su sermón: “lo blanco es blanco y lo negro es negro, digan lo que digan las leyes, digan lo que digan los parlamentos”. Veneno puro, por muy estable que sea la iglesia, por mucho que forme parte de nuestra memética, por mucho que garantice el cielo (o el equivalente científico de la supervivencia de los genes).
"Don´t be evil"... Telefónica
El “Don't be evil” de Google es algo más que una frase comercial ingeniosa. De hecho, la macroempresa apenas la ha utilizado para promocionarse. Es probable que la reputación que acompaña a Google, la confianza generada en los usuarios, sea una de las explicaciones de su fortalecimiento exponencial en los últimos años. Pero es también la mayor de sus amenazas.
La satisfacción no tiene que ver con razones objetivas, sino con percepciones. El grado de satisfacción se alcanzará más fácil o más difícilmente según se hayan situado las expectativas. Si las expectativas están demasiado altas, nos será más difícil proporcionar satisfacción. Aunque si están demasiado bajas, nos arriesgamos al desprecio. En una estrategia de marketing, la clave estará en equilibrar realidad y percepciones, de manera que la primera siempre esté un poco por encima de las segundas. Esa es la razón por la que, por ejemplo, algunas empresas acometen estrategias de responsabilidad social y certificaciones que les permitan estar un poco por delante de las exigencias sociales, reflejadas objetivamente en la legislación, y es también la razón por la que se equivocan las empresas que creen que la responsabilidad social es una estrategia de imagen.
Esa necesidad de que la realidad esté siempre por encima de las percepciones para garantizar la satisfacción es también la causa de esa sensación de decepción social que siempre acompaña a un político tras un tiempo en el poder. La (mala) costumbre, y en parte también las reglas de la democracia, hacen que lo que un político (o un partido) nos pueda ofrecer para convencernos sean normalmente expectativas (o promesas). Y como suelen primar sus objetivos inmediatos sobre las necesidades sociales, se les llena la boca. Y, claro, la realidad nunca llega a estar por encima de esas percepciones que ellos mismos han creado.
Desde luego, alguien que apela a la negación de la maldad en su declaración fundacional (Don't be evil), se está poniendo el listón muy alto. Pero, en el caso de Google, y dada la neutralidad de la red, esa responsabilidad es compartida por los usuarios. “No seamos malos” se convierte entonces en un reto. Y, la verdad, es un reto que me gusta.
En el reportaje titulado “Se abre la veda contra Google”, El País asegura que la fortaleza de Google no se basa sólo en la capitalización bursátil, sino en “la adhesión inquebrantable de millones de usuarios que consideran su dominio en el mercado una recompensa al buen hacer”. Y antes había dicho que “esa utopía cibernética conquistó la simpatía de millones de usuarios que veían en la marca Google un sinónimo de solidaridad planetaria”.
Los especialistas en el funcionamiento de las corporaciones dicen que una reputación se tarda años en construir y minutos en destrozar.
En realidad, el mensaje de Google es que no hay que ser malos. Ni siquiera es que haya que ser buenos. Por eso su modelo es, por ahora, el que mejor se ajusta a la neutralidad de la red, y además con el valor añadido de esa apelación a que no se haga un uso malvado de la herramienta.
Responsabilizar a Google de los contenidos es como culpar a la concesionaria de la autopista si la policía detiene en su trazado a un atracador con su botín. Y en cambio, la actitud de Google sería como si la autopista pusiera anuncios del tipo: “no uses la autopista para escapar de la policía”.
La culpa de que en China se puedan aplicar mecanismos de censura es de China, y no de Google, como la culpa de que aparezcan fotografías delictivas en la red es de quien las hace y las distribuye por ese medio y la culpa de un atropello es del conductor o del atropellado, y, por lo general, no del fabricante del coche o del dueño de la carretera. Otra cosa distinta es que valoremos la postura que adopta Google ante estas situaciones, y que tiene que ver con nuestra relación afectiva con la marca y no con la Ley.
Pero, como siempre que se analiza una identidad, debemos establecer las diferencias entre la misión, la visión y los valores. El “Don´t be evil” forma parte de los valores, lo mismo que la estrategia de establecer un vínculo emocional con los usuarios (Google ocupa el lugar número 9 en la lista de Love Marks).
Este vínculo es más necesario por la interdependencia entre Google y los usuarios. No es una relación entre proveedor y cliente ya que la inmensa mayoría de los usuarios no pagan por el beneficio que reciben. Yo recibo gratis la posibilidad de buscar, informarme, expresarme o relacionarme, y Google recibe a cambio el premio de tenerme como usuario. Se trata de una relación simbiótica en la que ambas partes se benefician. De ahí el revuelo que causa el éxito de la fórmula en un sistema económico acostumbrado al parasitismo, en el que una parte se beneficia más que la otra o la competitividad se basa en que para que unos ganen otros tienen que perder.
En cambio, la misión de Google es la de proporcionar ese entorno de comunicación bajo criterios de calidad y eficiencia (si quiere mantener la competitividad) y también la de hacer negocio con esa plataforma y aquellos clientes a los que pueda interesar.
Pero, si Google deja de tener usuarios, todo se viene abajo. Por eso es tan importante la satisfacción y, con ello, su capacidad de sorprender y demostrar que es capaz de dar más de lo que esperas.
Si Google empieza a “ser malo”, su reputación se destruirá en minutos y dejaremos de usarlo. Pero, en cambio, seguiremos condenados a usar los cables de una empresa concesionaria (en este caso Telefónica). Y si Google tiene que entrar en el sistema del parasitismo a través de Telefónica, habrá que buscar otra alternativa. Y así, hasta que se cansen y se den cuenta de que el mundo en el que viven ha cambiado.
La satisfacción no tiene que ver con razones objetivas, sino con percepciones. El grado de satisfacción se alcanzará más fácil o más difícilmente según se hayan situado las expectativas. Si las expectativas están demasiado altas, nos será más difícil proporcionar satisfacción. Aunque si están demasiado bajas, nos arriesgamos al desprecio. En una estrategia de marketing, la clave estará en equilibrar realidad y percepciones, de manera que la primera siempre esté un poco por encima de las segundas. Esa es la razón por la que, por ejemplo, algunas empresas acometen estrategias de responsabilidad social y certificaciones que les permitan estar un poco por delante de las exigencias sociales, reflejadas objetivamente en la legislación, y es también la razón por la que se equivocan las empresas que creen que la responsabilidad social es una estrategia de imagen.
Esa necesidad de que la realidad esté siempre por encima de las percepciones para garantizar la satisfacción es también la causa de esa sensación de decepción social que siempre acompaña a un político tras un tiempo en el poder. La (mala) costumbre, y en parte también las reglas de la democracia, hacen que lo que un político (o un partido) nos pueda ofrecer para convencernos sean normalmente expectativas (o promesas). Y como suelen primar sus objetivos inmediatos sobre las necesidades sociales, se les llena la boca. Y, claro, la realidad nunca llega a estar por encima de esas percepciones que ellos mismos han creado.
Desde luego, alguien que apela a la negación de la maldad en su declaración fundacional (Don't be evil), se está poniendo el listón muy alto. Pero, en el caso de Google, y dada la neutralidad de la red, esa responsabilidad es compartida por los usuarios. “No seamos malos” se convierte entonces en un reto. Y, la verdad, es un reto que me gusta.
En el reportaje titulado “Se abre la veda contra Google”, El País asegura que la fortaleza de Google no se basa sólo en la capitalización bursátil, sino en “la adhesión inquebrantable de millones de usuarios que consideran su dominio en el mercado una recompensa al buen hacer”. Y antes había dicho que “esa utopía cibernética conquistó la simpatía de millones de usuarios que veían en la marca Google un sinónimo de solidaridad planetaria”.
Los especialistas en el funcionamiento de las corporaciones dicen que una reputación se tarda años en construir y minutos en destrozar.
En realidad, el mensaje de Google es que no hay que ser malos. Ni siquiera es que haya que ser buenos. Por eso su modelo es, por ahora, el que mejor se ajusta a la neutralidad de la red, y además con el valor añadido de esa apelación a que no se haga un uso malvado de la herramienta.
Responsabilizar a Google de los contenidos es como culpar a la concesionaria de la autopista si la policía detiene en su trazado a un atracador con su botín. Y en cambio, la actitud de Google sería como si la autopista pusiera anuncios del tipo: “no uses la autopista para escapar de la policía”.
La culpa de que en China se puedan aplicar mecanismos de censura es de China, y no de Google, como la culpa de que aparezcan fotografías delictivas en la red es de quien las hace y las distribuye por ese medio y la culpa de un atropello es del conductor o del atropellado, y, por lo general, no del fabricante del coche o del dueño de la carretera. Otra cosa distinta es que valoremos la postura que adopta Google ante estas situaciones, y que tiene que ver con nuestra relación afectiva con la marca y no con la Ley.
Pero, como siempre que se analiza una identidad, debemos establecer las diferencias entre la misión, la visión y los valores. El “Don´t be evil” forma parte de los valores, lo mismo que la estrategia de establecer un vínculo emocional con los usuarios (Google ocupa el lugar número 9 en la lista de Love Marks).
Este vínculo es más necesario por la interdependencia entre Google y los usuarios. No es una relación entre proveedor y cliente ya que la inmensa mayoría de los usuarios no pagan por el beneficio que reciben. Yo recibo gratis la posibilidad de buscar, informarme, expresarme o relacionarme, y Google recibe a cambio el premio de tenerme como usuario. Se trata de una relación simbiótica en la que ambas partes se benefician. De ahí el revuelo que causa el éxito de la fórmula en un sistema económico acostumbrado al parasitismo, en el que una parte se beneficia más que la otra o la competitividad se basa en que para que unos ganen otros tienen que perder.
En cambio, la misión de Google es la de proporcionar ese entorno de comunicación bajo criterios de calidad y eficiencia (si quiere mantener la competitividad) y también la de hacer negocio con esa plataforma y aquellos clientes a los que pueda interesar.
Pero, si Google deja de tener usuarios, todo se viene abajo. Por eso es tan importante la satisfacción y, con ello, su capacidad de sorprender y demostrar que es capaz de dar más de lo que esperas.
Si Google empieza a “ser malo”, su reputación se destruirá en minutos y dejaremos de usarlo. Pero, en cambio, seguiremos condenados a usar los cables de una empresa concesionaria (en este caso Telefónica). Y si Google tiene que entrar en el sistema del parasitismo a través de Telefónica, habrá que buscar otra alternativa. Y así, hasta que se cansen y se den cuenta de que el mundo en el que viven ha cambiado.
El carácter corporativo del "Don't be evil" se puede entender en esta fotografía. Google apela a la responsabilidad de sus empleados a la hora de hacerse con las camisetas que llevan el logotipo de la empresa y les dice: "coge sólo las que necesites".
“Ésto sólo lo arreglamos entre todos”, la red no tiene ideología y la revolución no se dirige
“Todos” es un concepto equivocado cuando la comunicación fluye en una red. Esa palabra sólo puede tener sentido para el que mira desde arriba y piensa que su influencia puede llegar al grupo que vislumbra. Por eso creo que lo que más se ajustaría a la realidad sería hablar de “cada uno” si de verdad queremos referirnos a unas voluntades individuales que podrían ser sumadas.
Una campaña de publicidad o de relaciones públicas implica que alguien dedique unos recursos a la aplicación de unas estrategias de comunicación determinadas para lograr un resultado mayor de lo invertido. Si se hace de una forma deontológicamente aceptable, se trata de una herramienta lícita, tanto para la venta productos como para la difusión de ideas (propaganda).
Como sucede con el resto de los ámbitos de la comunicación “de masas” (aquella en la que uno habla y muchos escuchan), las cosas están cambiando bastante últimamente, y cada vez es más difícil lograr el éxito a través de las técnicas tradicionales: estamos sobresaturados de mensajes, recelamos de la simplificación extrema del discurso (“bebe Coca Cola”, ja), consideramos la publicidad como un ruido que distorsiona aquellos actos de comunicación en los que sí estamos interesados (como los anuncios que nos interrumpen las películas o los banners y “pop ups” que nos molestan para ver una web).
Por eso hay cada vez más marcas que experimentan nuevas fórmulas de comunicación basadas en el “contagio” en red. La expresión con la que se ha bautizado a este tipo de promoción, “viral”, nos sirve para extender la metáfora: un anuncio convencional a través de un medio de masas sería como una bomba biológica, con la que se busca un contagio masivo, mientras que un “viral” tratará de que los contagios se produzcan “entre pares” (PtoP).
Pero se equivocan los que creen que únicamente se trata de un cambio de canal para intoxicar a un rebaño. Porque el rebaño, el “todos”, está también dejando de existir en la medida en que cualquiera de sus integrantes tiene la capacidad de introducir un mensaje exitoso en la red (o una vacuna). El otro día El País se hacía eco de un fenómeno que tenía que ver son esto (“Pepinillos en Facebook”).
La mejor aproximación que conozco a la nueva realidad del mercado en una sociedad en red es el Manifiesto Cluetrain, que ofrece algunas claves para entender esta nueva forma de comunicación.
Una de esas claves es la honestidad. La mentira (o la ocultación de la verdad) es siempre un riesgo en comunicación, pero, en el caso de la comunicación en red, este riesgo es extremo.
La campaña “Esto sólo lo arreglamos entre todos” será con el paso de tiempo un ejemplo de cómo no se debe utilizar la comunicación en red con las premisas de la comunicación de masas. En primer lugar, parte de un engaño: el de no decir claramente que alguien está dedicando unos recursos a la aplicación de unas estrategias de comunicación determinadas para lograr un resultado mayor de lo invertido. En este caso, quien invierte son las Cámaras de Comercio y un grupo de empresas.
Además, en lugar de confiar en los contagios “entre pares” o, lo que es lo mismo, en la esencia misma de la campaña, utiliza “bombas biológicas” en forma de anuncios en televisión, publicidad estática en las ciudades y prescriptores más o menos famosos.
Se olvida de la calle, de la acción, de la imaginación. Necesitan a “todos” pero temen a la masa (cuando lo que realmente deberían temer es a los individuos y su capacidad para hacer famoso a un pepinillo).
La red es neutra, y hoy la revolución es espontánea y depende de las voluntades individuales, al contrario que los medios de masas convencionales, que no son neutros, y el concepto convencional del mercado, que puede ser dirigido (a los targets). Pretender ideologizar la red y dirigir una revolución está abocado al fracaso.
Una campaña de publicidad o de relaciones públicas implica que alguien dedique unos recursos a la aplicación de unas estrategias de comunicación determinadas para lograr un resultado mayor de lo invertido. Si se hace de una forma deontológicamente aceptable, se trata de una herramienta lícita, tanto para la venta productos como para la difusión de ideas (propaganda).
Como sucede con el resto de los ámbitos de la comunicación “de masas” (aquella en la que uno habla y muchos escuchan), las cosas están cambiando bastante últimamente, y cada vez es más difícil lograr el éxito a través de las técnicas tradicionales: estamos sobresaturados de mensajes, recelamos de la simplificación extrema del discurso (“bebe Coca Cola”, ja), consideramos la publicidad como un ruido que distorsiona aquellos actos de comunicación en los que sí estamos interesados (como los anuncios que nos interrumpen las películas o los banners y “pop ups” que nos molestan para ver una web).
Por eso hay cada vez más marcas que experimentan nuevas fórmulas de comunicación basadas en el “contagio” en red. La expresión con la que se ha bautizado a este tipo de promoción, “viral”, nos sirve para extender la metáfora: un anuncio convencional a través de un medio de masas sería como una bomba biológica, con la que se busca un contagio masivo, mientras que un “viral” tratará de que los contagios se produzcan “entre pares” (PtoP).
Pero se equivocan los que creen que únicamente se trata de un cambio de canal para intoxicar a un rebaño. Porque el rebaño, el “todos”, está también dejando de existir en la medida en que cualquiera de sus integrantes tiene la capacidad de introducir un mensaje exitoso en la red (o una vacuna). El otro día El País se hacía eco de un fenómeno que tenía que ver son esto (“Pepinillos en Facebook”).
La mejor aproximación que conozco a la nueva realidad del mercado en una sociedad en red es el Manifiesto Cluetrain, que ofrece algunas claves para entender esta nueva forma de comunicación.
Una de esas claves es la honestidad. La mentira (o la ocultación de la verdad) es siempre un riesgo en comunicación, pero, en el caso de la comunicación en red, este riesgo es extremo.
La campaña “Esto sólo lo arreglamos entre todos” será con el paso de tiempo un ejemplo de cómo no se debe utilizar la comunicación en red con las premisas de la comunicación de masas. En primer lugar, parte de un engaño: el de no decir claramente que alguien está dedicando unos recursos a la aplicación de unas estrategias de comunicación determinadas para lograr un resultado mayor de lo invertido. En este caso, quien invierte son las Cámaras de Comercio y un grupo de empresas.
Además, en lugar de confiar en los contagios “entre pares” o, lo que es lo mismo, en la esencia misma de la campaña, utiliza “bombas biológicas” en forma de anuncios en televisión, publicidad estática en las ciudades y prescriptores más o menos famosos.
Se olvida de la calle, de la acción, de la imaginación. Necesitan a “todos” pero temen a la masa (cuando lo que realmente deberían temer es a los individuos y su capacidad para hacer famoso a un pepinillo).
La red es neutra, y hoy la revolución es espontánea y depende de las voluntades individuales, al contrario que los medios de masas convencionales, que no son neutros, y el concepto convencional del mercado, que puede ser dirigido (a los targets). Pretender ideologizar la red y dirigir una revolución está abocado al fracaso.
¿Quién tiene realmente la sartén por el mango?
Voy al médico. Siempre he valorado su esfuerzo por expresarse de una manera coloquial, pero que no es suficiente para ocultar del todo un cierto aire de superioridad, como alguien que cree tener la sartén por el mango. –¿Cómo se encuentra?, me pregunta. Le respondo que bien, que la tos ya se ha ablandado y que ha desaparecido por completo la sensación de haber recibido golpes en todas las articulaciones. – Bien, pues parece que ya nos hemos curado esa gripe. Lo dice satisfecho, recalcando el “nos”, pero para dejar bien claro que ha sido él quien me ha curado.
El doctor permanece sentado. Coge un bolígrafo y se dispone a escribir. – ¿Dónde trabaja usted?.
No entiendo a qué viene esa pregunta. Estará preocupado por la posibilidad de que pueda contagiar a mis compañeros de trabajo, o tal vez realiza una investigación sobre la incidencia de la gripe en los ámbitos profesionales. Respondo que soy empleado de unos grandes almacenes, pero no puedo aguantar la curiosidad, por lo que le muestro mi interés en saber el motivo de su preocupación por mi trabajo.
– No, en realidad no me importa donde trabaja usted. Al menos no me importa desde un punto de vista médico. Pero quiero saber a dónde debo enviar la factura.
¿Cómo que la factura?, acaso no le he pagado ya sus servicios a este señor. ¿Qué tiene que ver la empresa para la que trabajo con mi relación de paciente con el médico? Me asusto un poco.
– Estará usted de acuerdo conmigo –me dice– en que la empresa para la que trabaja se va a beneficiar de la salud que acabo de proporcionarle. Digamos que yo me ocupo del “customer care”, cumplo con los trámites burocráticos de los servicios de salud, le pongo a usted como nuevo... Vamos, que lo hago todo. Y ellos, a beneficiarse de disponer de empleados sanos. Comprenderá que todo esto va a cambiar.
A estas alturas estoy ya completamente acojonado, pero aún así le pregunto la relación entre su actividad de médico, y la actividad de la tienda en la que trabajo. Apelo a mi condición de ciudadano y a mi derecho a recibir salud como un servicio esencial. Un derecho que me pertenece a mi, y como a mi, a todo el mundo.
– Bueno –responde sereno, en contraste con mi creciente nerviosismo– estoy seguro de que acabaremos llegando a acuerdos con las empresas para intervenir también en sus actividades, en justa compensación a la dependencia que tienen de nosotros....
Una llamada a la puerta me sorprende con la boca abierta. Entra un hombre con una chaqueta azul en la que puedo distinguir el símbolo de la empresa concesionaria de la autopista que he utilizado para llegar hasta aquí. Entrega una nota al doctor y espera.
– ¿Qué es esto? –ahora, el médico si que parece un poco alterado.
– Este..., pues es la cantidad que le corresponde pagar en la medida en que sus clientes utilizan nuestra autopista para llegar. Este... cuando usted se instaló aquí, lo hizo porque era un lugar comunicado, donde podía poner su negocio. Este... nosotros hacemos el “billing” (creo que se refiere al peaje), la investigación sobre materiales la hacemos nosotros, la instalación la hacemos nosotros..., esteeee, y usted pone el fonendo.
Quiero despertar antes de que me siga mareando con esta espiral kafkiana. Me quito de la cabeza los pensamientos sobre los derechos fundamentales y sobre el hecho de que son las personas las beneficiarias de esos derechos, que son individuales aunque de alcance general, independientemente de lo que implique la prestación del servicio necesario para garantizarlo. Tampoco quiero pensar el desastre que ha supuesto la concentración en las mismas manos de medios y contenidos y el peligro al que se enfrentan nuestros derechos fundamentales si permitimos que eso vuelva a repetirse ahora.
No quiero pensar en eso, pero no tengo otro remedio cuando escucho estas declaraciones de César Alierta, presidente ejecutivo de Telefónica:
La persona que colgó el vídeo en la red dejó abierta la posibilidad de que cualquiera pudiera “adornarlo” con etiquetas. Una buena demostración de que únicamente este nuevo poder plurarquico (individual pero de alcance general) tiene potestad sobre los contenidos. Tenemos la sartén por el mango.
Gracias a todos los que aportaron su crítica con sentido del humor y gracias a Alberto Quian por haberme enseñado este enlace.
Redes y boca a oreja. 1+1+1 es más que 3x1. El caso de la manifestación contra la fusión de las cajas en Vigo.
La física y las matemáticas nos tienen últimamente desorientados a los que aprendimos a sumar con las regletas de colores de Cuisenaire. La mecánica cuántica, la teoría de los juegos, o la teoría de los grafos son materias que a los profanos nos asustan con sólo oírlas nombrar.
Llevo algún tiempo tratando de saber cómo funcionan los flujos de información en un entorno con forma de red. En realidad, esa es la forma real de las relaciones sociales. Los que saben del asunto, aplican aquí la teoría de los grafos y sus algoritmos.
Nos relacionamos con enlaces fuertes con nuestro entorno más cercano, formamos grupos más o menos homogéneos (que los teóricos llaman clústers), y esos grupos se relacionan con otros a través de los enlaces débiles (de individuos que comparten más de un grupo). Es el asunto aquel de los “seis grados” y la confirmación de que “el mundo es un pañuelo”.
La comunicación social, tal y cómo nos la enseñaron, tiene forma de pirámide. Sobre todo la comunicación social en los medios de comunicación de masas. La eficacia en este esquema es medida en términos de multiplicación. El efecto multiplicador se encuentra cerca del vértice superior de la pirámide, en forma de mass media o de líderes de opinión, o de prescriptores. Evidentemente, el poder político, pero sobre todo el económico, se hicieron un hueco por encima, en el vértice mismo del sistema. Comprando o controlando los medios de comunicación y accediendo a los líderes de opinión y a los prescriptores a través de estrategias más o menos éticas de relaciones públicas.
Con frecuencia pienso que este funcionamiento de la comunicación social está tan implantado que los que tienen la necesidad y el poder de comunicar “desde arriba” llegan a pensar que la teoría funciona porque los que están en la base de la pirámide son gilipollas.
Pensé ésto el otro día, después de la manifestación que hubo en Vigo en contra de la fusión de las cajas de ahorros. No voy a entrar en valoraciones sobre el éxito o el fracaso de la convocatoria, porque es algo que no importa para lo que quiero decir. El caso es que había gente, un grupo significativo en relación con la población de la ciudad. Significativo desde el punto de vista del funcionamiento de las redes (un puñado de enfermos en Mexico bastó para contagiar a millones de personas de la gripe).
Cualquier persona de la ciudad ha podido recibir información sobre la manifestación de un familiar, de un amigo, de un compañero de estudios o de un compañero de trabajo. En realidad ha podido recibirla de muchos. La capacidad de influencia (o de prescripción) en estos enlaces sociales fuertes siempre va a estar por encima de la capacidad de influencia de un medio o de un líder de opinión, y no digamos de un político (cuyos intereses directos en el asunto son evidentes). Y esta reflexión no tiene nada que ver con la objetividad. Recuerdo a un escritor italiano que decía que un general del frente no es la mejor fuente de información sobre una batalla.
El despropósito empezó cuando el alcalde dijo que había 300.000 personas allí mismo, en plena concentración. Cualquiera, haciendo cuentas de las personas del entorno más cercano que no asistieron y mediante una burda lógica estadística sabía que mentía. Y, al día siguiente, el absurdo se multiplicó al resto de los políticos y medios de comunicación. El PP y el BNG hablaron de fracaso en la convocatoria y la prensa respondió en función de sus intereses (geográficos en este caso). Y mientras, la información, la de verdad (que no necesariamente la verdadera, como dije antes), fluía por otros cauces: los del boca a oreja. La información que prevaleció fue la de que había mucha gente.
Creo que cada vez más, la comunicación es cosa de individuos y que las fórmulas más eficaces para la transmisión de información van a ser las basadas en ese “boca a oreja” y en las redes. La información eficaz tendrá que contentar, en primer lugar al individuo, que es a la vez receptor y medio. Cualquier intento de engaño, o de manipulación, o de falta de ética será castigado con el silencio o con la antipatía. La creatividad, la honestidad y la empatía serán premiados con la difusión.
Y el asunto no solo tiene que ver con la comunicación, sino también con la propia organización de las sociedades, como reflejan los conceptos de plurarquía o netocracia. Pero, de eso, ya hablaremos.
Llevo algún tiempo tratando de saber cómo funcionan los flujos de información en un entorno con forma de red. En realidad, esa es la forma real de las relaciones sociales. Los que saben del asunto, aplican aquí la teoría de los grafos y sus algoritmos.
Nos relacionamos con enlaces fuertes con nuestro entorno más cercano, formamos grupos más o menos homogéneos (que los teóricos llaman clústers), y esos grupos se relacionan con otros a través de los enlaces débiles (de individuos que comparten más de un grupo). Es el asunto aquel de los “seis grados” y la confirmación de que “el mundo es un pañuelo”.
La comunicación social, tal y cómo nos la enseñaron, tiene forma de pirámide. Sobre todo la comunicación social en los medios de comunicación de masas. La eficacia en este esquema es medida en términos de multiplicación. El efecto multiplicador se encuentra cerca del vértice superior de la pirámide, en forma de mass media o de líderes de opinión, o de prescriptores. Evidentemente, el poder político, pero sobre todo el económico, se hicieron un hueco por encima, en el vértice mismo del sistema. Comprando o controlando los medios de comunicación y accediendo a los líderes de opinión y a los prescriptores a través de estrategias más o menos éticas de relaciones públicas.
Con frecuencia pienso que este funcionamiento de la comunicación social está tan implantado que los que tienen la necesidad y el poder de comunicar “desde arriba” llegan a pensar que la teoría funciona porque los que están en la base de la pirámide son gilipollas.
Pensé ésto el otro día, después de la manifestación que hubo en Vigo en contra de la fusión de las cajas de ahorros. No voy a entrar en valoraciones sobre el éxito o el fracaso de la convocatoria, porque es algo que no importa para lo que quiero decir. El caso es que había gente, un grupo significativo en relación con la población de la ciudad. Significativo desde el punto de vista del funcionamiento de las redes (un puñado de enfermos en Mexico bastó para contagiar a millones de personas de la gripe).
Cualquier persona de la ciudad ha podido recibir información sobre la manifestación de un familiar, de un amigo, de un compañero de estudios o de un compañero de trabajo. En realidad ha podido recibirla de muchos. La capacidad de influencia (o de prescripción) en estos enlaces sociales fuertes siempre va a estar por encima de la capacidad de influencia de un medio o de un líder de opinión, y no digamos de un político (cuyos intereses directos en el asunto son evidentes). Y esta reflexión no tiene nada que ver con la objetividad. Recuerdo a un escritor italiano que decía que un general del frente no es la mejor fuente de información sobre una batalla.
El despropósito empezó cuando el alcalde dijo que había 300.000 personas allí mismo, en plena concentración. Cualquiera, haciendo cuentas de las personas del entorno más cercano que no asistieron y mediante una burda lógica estadística sabía que mentía. Y, al día siguiente, el absurdo se multiplicó al resto de los políticos y medios de comunicación. El PP y el BNG hablaron de fracaso en la convocatoria y la prensa respondió en función de sus intereses (geográficos en este caso). Y mientras, la información, la de verdad (que no necesariamente la verdadera, como dije antes), fluía por otros cauces: los del boca a oreja. La información que prevaleció fue la de que había mucha gente.
Creo que cada vez más, la comunicación es cosa de individuos y que las fórmulas más eficaces para la transmisión de información van a ser las basadas en ese “boca a oreja” y en las redes. La información eficaz tendrá que contentar, en primer lugar al individuo, que es a la vez receptor y medio. Cualquier intento de engaño, o de manipulación, o de falta de ética será castigado con el silencio o con la antipatía. La creatividad, la honestidad y la empatía serán premiados con la difusión.
Y el asunto no solo tiene que ver con la comunicación, sino también con la propia organización de las sociedades, como reflejan los conceptos de plurarquía o netocracia. Pero, de eso, ya hablaremos.
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Vigo
Dated:
martes, febrero 16, 2010

