Mostrando entradas con la etiqueta Rosa Luxemburgo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rosa Luxemburgo. Mostrar todas las entradas
Elogio de desórdenes y enemigos
La crisis es un castigo y una cortina de humo. No se trata de salir a cualquier precioUna gran parte de comerciantes y pequeños y medianos empresarios exhiben con orgullo un conservadurismo incondicional que hoy es también bandera de muchos profesionales. Se trata de una clase media que se desmorona en este cambio de era, que agoniza como un cachorro que mira con ojos de amor cándido el rostro imperturbable de su verdugo.
Solo una confianza ciega puede impedirles vislumbrar el hecho innegable de que, al contrario de lo que ha sucedido en otras crisis anteriores, la reactivación del consumo no es esta vez un objetivo. Mientras la social-democracia europea tejía su quimera del estado del bienestar, los poderes basados en la especulación, de carácter liberal, eran cada vez más conscientes de que el estado del bienestar (tal como se entendía, basado en un ansia de consumo innecesario y caprichoso) era algo insostenible, inviable: “es imposible que todo el mundo sea rico, pero no lo es que nosotros sigamos siéndolo”, debieron pensar.
He querido hacer esta reflexión después de leer los resultados del Informe del Observatorio del Mercado Premium y de Productos de Prestigio (y antes de que se encendiera la mecha de Valencia). En el documento, elaborado por el Instituto de Empresa Bussiness School, se da la siguiente definición de una marca Premium: “es aquella cuyos productos presentan un precio tres veces mayor al precio medio de los productos de su categoría”. Consideramos, por lo tanto “rico” a aquel que está dispuesto a pagar por algo al menos tres veces más de lo que vale.
En todo el mundo, el consumo de este tipo de productos se ha disparado. Y los especuladores siguen siendo los mismos: aquellos que, por un arte de birli birloque, son capaces de multiplicar (al menos) por tres una inversión sin moverse de un sillón. Es decir, que para ellos sigue habiendo dónde apostar, ya que los productos de lujo son solo un ejemplo ínfimo de las paradojas de la economía liberal.
El estudio que he citado se refiere solo a España. En este ámbito, los clientes de este tipo de mercado son, a partes iguales: españoles realmente ricos, turistas y los denominados “públicos aspiracionales”, personas que se sienten bien experimentando esporádicamente el dudoso placer de actuar como si fueran ricas.
En las últimas décadas, las sinergias aspiracionales han sido el fundamento de la publicidad. Han sido el principal argumento de venta de los mismos empresarios y comerciantes a los que hoy se les llena la boca diciendo que hemos querido vivir por encima de nuestras posibilidades. Y parecen no darse cuenta de que esa ha sido la razón de su prosperidad. Y que ahora está siendo también la causa de su ruina.
No hace falta ser un Nóbel de economía para entender que, en un sistema cerrado, es imposible mantener un ritmo interminablemente creciente de producción, beneficios empresariales y bienestar social (entendido como capacidad consumo, además de acceso a los servicios básicos). Aunque nos hayan dicho lo contrario, el deseo es un instrumento de la especulación, que lo único a lo que conduce es a la desigualdad, a la concentración de la riqueza en aquellos con capacidad de hacer apuestas sobre el deseo. De un lado, una burbuja de vacío (¿qué es sino vacío lo que hay entre el valor de uso y el valor de mercado, entre el precio de una marca estándar y el precio multiplicado por tres de una marca premium?) y, del otro, los beneficios tangibles de los especuladores.
Pero la economía, excepto para los trabajadores y para esos comerciantes y pequeños empresarios, ya no es un sistema cerrado. Se ha desarrollado una “economía global” y, con ello, una válvula de escape para los especuladores. Ya no hay que reactivar el consumo local castigado por la crisis para evitar que los especuladores se vean afectados por la crisis. Basta con que busquen otros mercados. Esta burbuja explota mientras otra se empieza a llenar de vacío en algún otro lugar, en algún otro segmento de consumo, en algún otro sector...
Esta crisis no solamente va a dejar en la estacada a los trabajadores (como siempre) y a los empresarios y comerciantes de bienes de uso (muchas veces, en sectores como la alimentación o los servicios públicos, de bienes de necesidad), sino que también va a abandonar a su suerte a países enteros en los que la burbuja del deseo se ha desvanecido. Grecia es una muestra, como lo es España, Italia; como lo fue Islandia, y antes Argentina, Brasil, Venezuela...
El modelo liberal, tan pragmático, tan racional, tan carente de sentimientos, maneja con maestría los sentimientos de sus peones: el deseo, el ansia de libertad del cow-boy de Malboro, el mensaje de paz revivido con Coca Cola junto al árbol de Navidad..., “la chispa de la vida”.
Y en momentos como éste maneja también el miedo y la esperanza. En España, por ejemplo, la aplastante victoria de los conservadores estuvo adornada por el cartel del cambio, cuando la realidad es que se les ha votado porque se considera que son los que mejor pueden gestionar el modelo económico en el que estamos inmersos. Después de todo, es su sistema. De hecho, el mensaje es claro: basta de tantas subvenciones, basta de tantas prestaciones, basta de tantos servicios públicos. El Estado no puede derrochar... ¡Qué mal íbamos por ese camino!
Una cortina de humo. El verdadero derroche han sido los beneficios “interminablemente crecientes” de los bancos (ese dinero repartido a toneladas en las últimas décadas está en algún sitio); el verdadero derroche han sido las burbujas, esa descompensación brutal entre el valor de uso y el valor de mercado; el verdadero derroche ha sido creer que bienestar significa pagar por algo al menos tres veces más de lo que vale. Es curioso que el español que se habla en Cuba, la palabra especular signifique presumir.
En esa economía especulativa, estadística, predictiva, intangible, improductiva, regida por valoraciones de riesgo y por la evaluación de la salud del sistema financiero y en la que, además, para lograr “credibilidad” no es necesario reactivar el consumo (las economías personales o familiares) sino las grandes cifras, lograr resultados positivos no parece una tarea difícil. Bastaría con esclavizar el trabajo: eliminar las garantías de estabilidad de los trabajadores, congelar sus sueldos, aumentar las desigualdades sociales... Como bien saben los liberales, y además no lo disimulan, el único escollo es la política. Porque solo el desorden podría evitar el cumplimiento del sueño liberal. La necesidad de paz social obliga a mantener el espejismo de la democracia. Por eso el avance ha de hacerse de una forma sutil: tres pasos hacia adelante y uno hacia atrás. O, según desde donde se vea, tres pasos hacia atrás y uno hacia adelante. Para que el modelo especulativo-financiero (liberal) avance, es necesario que la parte “social” de la economía social de mercado (el modelo socialdemócrata) retroceda. Tan cierto como la ley de vasos comunicantes. Si en algún momento parece que ambos intereses se conjugan, se nivelan, es porque en algún lugar hay una burbuja de aire.
No tengo ninguna duda de que los estadistas liberales están en el camino de salir de “su” crisis. Pero, para los trabajadores y para esos comerciantes y pequeños empresarios, salir de la crisis no vale de nada si ello implica hacer más ancha y profunda la zanja de la desigualdad, perder servicios y prestaciones esenciales (en la sanidad, en la educación...) y, en definitiva, reducir el nivel de vida de los ciudadanos (que no el ansia de satisfacción inmediata del deseo. Porque los especuladores seguirán ganando con otros trabajadores (más empobrecidos); con otros comerciantes (de los países emergentes) y con otros pequeños y medianos empresarios (de países o sectores de actividad que se ajusten mejor a sus necesidades coyunturales).
¿Por qué en lugar de consolidar el nuevo nivel (bajo) de la parte social a causa de la explosión de la burbuja no se trasvasa parte de la riqueza que se acumula en el otro lado? Incluso en los modelos políticos actuales, las expropiaciones y nacionalizaciones son posibles. Es posible castigar a quienes hincharon la burbuja especulando. Islandia lo ha hecho. Es posible que los bienes y servicios esenciales, como el agua, la energía, la educación, la sanidad, las comunicaciones... pertenezcan al Estado para que puedan ser distribuidos de una forma más justa y equitativa. Es posible avanzar en la igualdad. Esto, aunque tal vez no alegre a las agencias de calificación y beneficie e la “buena imagen” de un país, es también un camino para salir de la crisis.
Estos días, Rajoy llamaba al orden para mantener la imagen de España, para garantizar la buena marcha de sus planes de salida de la crisis. El orden, siempre el orden. No es nada nuevo. Una vez más recuerdo el célebre último texto de Rosa Luxemburgo “El orden reina en Berlín”. De nuevo recomiendo encarecidamente su lectura.
Probablemente sin saberlo, el jefe de la policía de Valencia ha dado en el clavo. Esa pugna de vasos comunicantes entre el capital especulativo (improductivo) concentrado en pocas manos y el trabajo, y si queremos también el consumo y el capital no especulativo, es decir, el pueblo (incluidos trabajadores, profesionales, comerciantes y pequeños y medianos empresarios) no es más que un modelo de lucha de clases. Para quien representa a uno de los lados, el otro es el “enemigo”.
Para corregir la actual tendencia, reconozcámoslo, distorsionar el orden, expresar de una forma eficaz y lesiva para la otra parte el cabreo, indignación o como queramos llamarle, no es un mal comienzo. Levantar las manos, concentrarse un ratito en la calle y hablar por un megáfono no basta. Porque eso no molesta a nadie. A nadie.
"El orden reina en Madrid"
“'¡El orden reina en Varsovia!', '¡el orden reina en París!', '¡el orden reina en Berlín!', esto es lo que proclaman los guardianes del 'orden' cada medio siglo de un centro a otro de la lucha histórico-mundial”.
Este 'orden' es el resultado de la sumisión o de la “resapiencia”. Lo he buscado en la RAE y “resapiencia” no existe, ni “resabiduría”. Sí, en cambio, resabiar o rasabiado. A eso me refiero, a la desidia de los que están de vuelta, a la inacción de los que no tienen esperanza; a la actitud de los que creen que en el discurrir de la existencia no deben girar nunca la cabeza y mirar hacia atrás en busca de las verdades que el tiempo ha querido convertir en quimeras. La “resapiencia” es vanidosa por cuanto quienes la profesan ven en la acción de los demás una ingenuidad o malas intenciones. Ven a los demás del tamaño de hormigas desde la azotea de la experiencia. No parecen entender que la experiencia es como el culo. Todos tenemos uno. Los resabiados son condescendientes y cenizos. Han renunciado a avanzar e intentan justificarse tratando de que los demás tampoco avancen.
El “orden” reina en Madrid, corrección y silencio. Pero el “orden” es sólo un espejo en el que los relojes marchan al revés.
La primera frase de este texto fue extraída del artículo que Rosa Luxemburgo escribió la noche antes de ser asesinada. Una noche de derrota para la revuelta sofocada en las calles de Berlín.
Eso es: para los activos, para los ingenuos, para los que no están resabiados, el “orden” es el resultado de una derrota. Y, en los años siguientes, quietud en blanco y negro y ley de vagos y maleantes, mientras se celebra la sucesión de los “años de la victoria” de quienes alimentan su poder de esa quietud en blanco y negro, de la sumisión o de la “resapiencia”.
La historia es, en buena medida, así. Periodos de estancamiento, con pequeños pasos atrás y, de repente, un paso efímero, pero de gigante: ya fuera en las calles de París en 1789, o en el puente Edmund Pettus del 65, o en el entierro de Atocha del 77. O en las huelgas de los años 30 en Estados Unidos, cuando el temblor de las chisteras de Wall Street del 29 se tradujo en paro y miseria para los trabajadores.
En todos los casos, tras la euforia inicial, los “movilizados” cosecharon rotundas y sonoras derrotas: la decepción de los sans culottes y el ajusticiamiento de Robespierre; el domingo sangriento; la desaparición efectiva del otrora fuerte PCE y el macarthismo. Son los cuatro ejemplos que me han venido más rápidamente a la cabeza, pero la historia está llena de situaciones así, en la que la derrota de unos pocos implica, con el paso del tiempo, un gran paso hacia adelante. En los cuatro ejemplos: los derechos humanos y el sufragio universal, el fin de la discriminación racial, el triste pero orgulloso regreso de una sociedad silenciada durante 40 años o la conquista de los derechos sociales básicos por parte de los trabajadores.
Hace algo más de un año reventó la codicia de los banqueros y sus grandes cajas de caudales dejaron de rebosar. Y los banqueros pidieron ayuda a las personas para que, con sus impuestos, las volvieran a llenar. Dijeron que para que el sistema funcione, estos depósitos de billetes tienen que estar llenos. Como sucediera en el 29, las consecuencias de aquel reventón han sido el paro y la miseria para miles de trabajadores. Hoy, el Congreso de los Diputados ha decidido que, para resolver la situación, tienen que volver a sacrificarse las personas. Los bancos siguen declarando beneficios. ¿No sería lógico que ahora se pudiera recurrir a las rebosantes cajas de caudales de los bancos saneadas con dinero público? La sociedad dispone de herramientas suficientes para lograrlo: desde un impuesto sobre los beneficios, al modo de la Tasa Tobin, hasta las nacionalizaciones de la banca. No debemos además olvidar que el dinero con el que los bancos especulan es nuestro dinero mientras las leyes no hagan una distinción clara y una prohibición expresa. Seguramente, una de las causas principales de la actual crisis haya sido la derogación, en 1999, de la Ley Glass-Steagall en Estados Unidos que, precisamente, separaba la banca de depósitos de la banca de inversiones.
Pero, el orden reina en Madrid. Ha llegado un momento en el que es preciso actuar, ya seamos sumisos, resabiados o nostálgicos. Los sindicatos deben reaparecer, y deben reaparecer los pecemeles, los troskos, los anarkos, los punks y hasta los penenes. Otra derrota es necesaria.
"¡El orden reina en Berlín!", ¡esbirros estúpidos! Vuestro orden está edificado sobre arena. La revolución, mañana ya 'se elevará de nuevo con estruendo hacia lo alto' y proclamará, para terror vuestro, entre sonido de trompetas:
¡Fui, soy y seré!”
Libertad o barbarie
El determinismo, o el fatalismo, caracteriza a aquellas interpretaciones del mundo en la que las personas no son las dueñas de su destino. La idea de que la historia nos lleva inevitablemente al socialismo, o la de que nos aleja inevitable de él, y la oposición a este determinismo histórico constituyó una de las principales discusiones de las diferentes adaptaciones de las ideas marxistas. Rosa Luxemburgo elaboró una de las principales críticas a este determinismo, a partir de su célebre frase “socialismo o barbarie”. Tenemos la capacidad de elegir, de construir el futuro.
Hace unas semanas, leía en un periódico un editorial sobre las agencias de calificación de riesgos. Hasta ahora, poco habíamos oído hablar de Moody's, Standard & Poor's y Fitch y, sin embargo, recientemente hemos descubierto que el precio del pan depende del humor con el que se levanten sus ejecutivos. En el artículo se reflexionaba sobre el hecho de que estas agencias, de carácter privado, están al margen del escrutinio público. Y, abiertamente, el texto ponía en duda la calidad de sus calificaciones al recordar que fueron ellas mismas los que otorgaron la máxima calificación (la famosa doble A) a las hipotecas subprime y las situaron al mismo nivel de seguridad que los bonos del tesoro de Estados Unidos. Sólo tres años después, esas hipotecas, y algunas deudas públicas como la de Grecia, han sido rebajadas por ellas mismas al nivel de “bonos basura”. No sé mucho de finanzas, pero sí soy capaz de entender que la calificación de un riesgo lleva implícita una predicción. Y, a la vista de los resultados, no parece que las predicciones de estas agencias hayan sido muy acertadas. ¿Por qué, entonces, conservan ese enorme poder?.
Además, el mercado no solo responde a esas calificaciones tan dudosas, sino incluso a los rumores sobre cómo podrían ser en un futuro cercano, como hemos visto esta semana pasada en la bolsa española.
Dios es aquel que controla las agencias de calificación y los rumores, el que infla la burbuja y luego, cuando se pone a salvo, la hace explotar. Porque, de lo que no cabe duda, es de que la economía especulativa funciona como una religión: hace creer a todos los que dependemos de la economía real que nos ha sido concedido graciosamente el libre albedrío, que somos libres; al mismo tiempo, gestiona unos intangibles, unos valores inmateriales, sobre los que la única posibilidad de reconocimiento de existencia está en la fe. Y con estas premisas, como también hace la religión, la economía especulativa utiliza la comunicación en su beneficio para prometernos el cielo o amenazarnos con el infierno. Para retraer el consumo o para alentarlo, para levantar los mercados o para tumbarlos, para aumentar la tasa de paro o para reducirla, para enriquecer o arruinar países.
Cualquier investigación comienza a buscar a quién beneficia el perjuicio para, con toda probabilidad, encontrar el culpable. Sabiendo el enorme poder de agentes privados y de rumores, para encontrar a los causantes de los vaivenes económicos, a los que juegan a los Sims con nosotros, bastaría con localizar las grandes concentraciones de capital especulativo o, lo que es lo mismo, del dinero que no huele a sudor, que no es fruto del esfuerzo y de la necesidad, sino del juego de apuestas y de lo superfluo.
Vuelvo al principio. El socialismo dogmático dio como resultado un régimen determinista, representado por Stalin. El concepto de masa, en el sentido en el que lo usaron los socialistas dogmáticos, fue posteriormente asumido por el capitalismo. Creo que un personaje esencial en este tránsito fue Paul Lazarsfeld. De formación marxista, este sociólogo fue el que introdujo en la economía de mercado la investigación empírica al considerar el consumo, como el voto, una decisión. Su pensamiento, y el de otros, es el que nos ha convertido en masa estadística moldeable por la influencia. La capacidad de los influyentes de modificar las decisiones en función de sus intereses es lo que nos ha convertido en “avatares” del juego de la economía virtual.
Rosa Luxemburgo, al explicar la estrategia de huelga de masas, dijo que “la misión de la socialdemocracia y de sus jefes no consiste en ser arrastrados por los acontecimientos, sino en adelantarse a ellos conscientemente, en abarcar con la mirada el sentido de la evolución y en abreviar esta evolución por una acción consciente, y acelerar su marcha”.
Sin duda, la socialdemocracia ha perdido su sentido al haberse sumergido en el determinismo impuesto por la economía especulativa. Por eso reivindicar la “acción consciente”, la libertad, es hoy más pertinente que nunca. Porque, como hemos visto, la otra opción es esta barbarie que nos domina.
