Mostrando entradas con la etiqueta caos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta caos. Mostrar todas las entradas

Evocación a partir del "Elogio del amor", de Alain Badiou

Acabo de leer el “Elogio del Amor” de Alain Badiou y, en estos momentos en los que empezamos a darnos cuenta de que el hedonismo consumista no era más que trágica soledad, resulta reconfortante que un pensador de la talla de Badiou recoja el guante de Rimbau (“El amor está por reinventar, ya se sabe”) y se proponga encontrar la esencia de esta Idea universal.

Badiou ensaya varias definiciones, pero quiero destacar dos de ellas. Una describe la Idea del amor como “el paso de un encuentro azaroso a una construcción tan sólida como si hubiese sido necesaria”. Un riesgo asumido de forma individual por una persona y otra persona que genera una paradoja fundamental entre contingencia y necesidad que el filósofo francés resume como “la escena de lo dos”. Pura entropía. Pura irreversibilidad. Puro caos.

La otra definición se refiere al amor como “¡el comunismo mínimo!” porque “el verdadero sujeto de un amor es el devenir de la pareja y no la satisfacción de los individuos que la componen”.

El “Elogio del amor” comenzó a perfilarse en el célebre ensayo con el que Badiou analizó la llegada al poder de Sarkozy en Francia (“¿De qué es Sarkozy el nombre?”), en el que predijo la marea liberal que actualmente inunda Europa. “Puesto que todos aceptan la lógica del orden capitalista, la economía de mercado y todo lo demás, ¿para qué mantener la ficción de una contraposición entre dos partidos?”. De aquel texto surgió la “hipótesis comunista”, un artículo publicado en la “New Left Review” al que me he referido anteriormente.

Aquella descripción de la “hipótesis comunista” se perfecciona en el “Elogio del Amor”: “Las formas futuras de la política de emancipación deberán inscribirse en una resurrección, un relevo, de la idea comunista, de la idea de un mundo que no esté librado a los apetitos de la propiedad privada, de un mundo de la asociación libre y de la igualdad”.

La lectura del libro de Badiou me dio pie a una reflexión que, en principio, se escapa de las pretensiones del autor. Él habla del impacto que le causó una campaña publicitaria de la empresa “Meetic” encargada de poner en contacto a personas a través de internet con la promesa de reducir al máximo los riesgos de un fracaso. El amor como una inversión segura.

No es solo una metáfora. Este tipo de empresas se dedican a especular sobre el amor. La especulación es esa apuesta desde el exterior por la reducción de los riesgos de otros donde la única seguridad es la del enriquecimiento de ese “agente exterior”. Todo lo contrario de aquel riesgo asumido de forma individual por una persona y otra persona.

Y en el ámbito de la producción, el concepto de la plusvalía de Marx está plenamente vigente. Incluso podemos aceptar que, de acuerdo con la ley de la oferta y la demanda, el interés (o la necesidad) del comprador pueden determinar el precio de un producto. Pero nada más. Y hay otras cuestiones, como aquello que por ser de todos no es de nadie, como el agua o los recursos naturales (origen de la tragedia de los comunes), los alimentos básicos y, sobre todo, los cereales, que en ningún caso deberían estar siquiera sometidos a esa ley de la oferta y la demanda que provoca que el productor, para aumentar el precio, llegue incluso a destruir (retirar del mercado) toneladas de una comida que necesitan otros que no tienen posibilidad de pagarla.

Pero admitamos, como digo, que, en lo superfluo, sí se pueda aceptar la existencia de “consumidores”. En cualquier caso, hablamos de personas, ya sean las que trabajan o las que consumen. Todo lo que no signifique que sean estas personas las que condicionen y puedan mantener bajo control el precio de los productos es especulación; una apuesta sobre riesgos que hace un “agente exterior” que de esta manera asegura su propio enriquecimiento. Como queda demostrado por la explosión de desahucios a la que estamos asistiendo, quienes pagan las consecuencia del riesgo son las personas. Son “daños colaterales”.

Y hago este símil bélico para enlazar con algo que se puede leer en el “Elogio del Amor” cuando dice que “Meetic” trata de vender el “riesgo cero” en el amor de la misma manera en que la Administración Norteamericana nos vendió la guerra  con “cero muertos”. Badiou recuerda que “las bombas que tiran desde el aire matan a cantidad de gente que tiene la mala suerte de vivir debajo. Pero son afganos, palestinos... No son modernos, claro”.

Y añado yo que tampoco serán modernos los  desengañados de "Meetic". Ni los habitantes de hogares desahuciados, ni los parados, ni los inmigrantes ni, en definitiva, todos los que realmente estamos sufriendo las consecuencias de esta crisis capitalista.

La Revolución sí tiene ideología. Democracia Participativa

Esta democracia es una mierda. La razón principal para que lo sea es su incapacidad, o en realidad, su falta de voluntad, para que las personas con pocos o medianos recursos (que son la mayoría) podamos participar en la toma de decisiones que nos afectan directamente. 

Todas las democracias que llamamos occidentales son una mierda en mayor o en menor medida y, en una sociedad global en la que el mundo occidental impone sus criterios, esto es un problema gigantesco, para el que se impone una solución radical.

En el caso de España, el déficit democrático tiene algunas características propias: el régimen fue cimentado sobre una reforma, también llamada “transición democrática” en la que no se produjo una ruptura suficiente con lo anterior: la última dictadura militar fascista de Europa (en la que para ser “gente de bien” había que declararse “apolítico”, un absurdo que luego se reforzó con algunas interpretaciones de la postmodernidad, con el fin de las ideologías, con la renuncia al marxismo de algunos partidos que se declaran de izquierdas, etc.). Se aceptó, además, que el jefe de Estado fuese la persona nombrada para tal fin por el dictador y se articuló un sistema de separación de poderes con una cámara de representantes sin sentido (el Senado) y con una fórmula para repartir la soberanía popular que aboca al bipartidismo (la Ley D'Hont).

Como ya he escrito otras veces, el resultado es un régimen que se llama democrático pero que limita la participación de los ciudadanos a la elección entre dos opciones una vez cada cuatro años.

Según el materialismo histórico, siempre hay una crisis que marca el final de un sistema y el comienzo de otro. En el “micro-caso” español, la única crisis fue una tromboflebitis que llevó a la tumba a un indeseable.

En el “macro-caso” global, las discusiones sobre el final del capitalismo (y por lo tanto el comienzo de otra etapa histórica) se suceden desde principios del siglo pasado. Es curioso que cuando el PSD alemán comenzaba a sucumbir a la burguesía, el revisionista Eduard Bernstein dijo que la capacidad de adaptación del capitalismo se manifiesta en la desaparición de las crisis generales. Luego vino la crisis del 29. Me recuerda la obra del neocon Fukuyama y su tesis del final de la historia (con el desmoronamiento de la URSS) en la que volvía a decir lo mismo, que el capitalismo había logrado acabar con los ciclos económicos y, con ello, con la Historia. Luego vino la crisis del 2008.

Bernstein es uno de los responsables de la evolución de los partidos socialdemócratas durante el siglo XX: su apuesta por la reforma y su renuncia a la revolución. La socialdemocracia asumió que el capitalismo era capaz de dotar a la sociedad de un bienestar que imposibilitaría cualquier intento de revolución o, incluso, de lucha de clases. Aceptó como válido el camino de la democracia burguesa hacia el bienestar y la justicia social.

Hoy nos parece evidente que nada de eso ha funcionado. El estado de bienestar ha derivado en un estado de decepción generalizada. No solo no ha habido una reforma del capitalismo hacia otra etapa de mayor justicia social, sino que el propio capitalismo se ha fortalecido con instrumentos que hacen que sea la banca quien se favorezca (con la burla de los rescates) de los bienes públicos cuando dice atravesar dificultades. En todo caso, ha habido una evolución desde un capitalismo de orden hacia un anarco-capitalismo.

En los anteriores post he tratado de aclararme un poco las ideas sobre cómo sería el funcionamiento de un sistema horizontal participativo frente a esta democracia vertical que limita al máximo la participación. El socialismo frente a la barbarie, o el caos frente al orden.

En el Mayo del 68 francés, la revolución tuvo un sólido sustento teórico en las tesis del grupo de intelectuales del Partido Comunista conocido como “Socialismo o Barbarie”, en el que militaban la mayor parte de los filósofos y sociólogos que más tarde desarrollarían los conceptos de la postmodernidad y de la hipermodernidad: Lyotard, Castoriadis y, más tarde, Lypovestky. Se trataba de una nueva revisión del marxismo “no dogmática” que acabó en desideologización y, con la caída del Muro de Berlín, en el anuncio del “fin de las ideologías”.

Desde ese punto de vista teórico, hoy nos parece evidente que tampoco ellos llevaban razón.

En cambio, en 1996, Heinz Dieterich Steffan introduce el concepto “Socialismo del siglo XXI” que según la propia definición del autor, es sinónimo de Democracia Participativa. En el fondo, lo que propone es medir el valor de las cosas en términos de trabajo y no en términos de mercado. Un bien, un producto o un servicio son tasados en función de las personas necesarias para producirlo y el tiempo invertido. Se eliminan tanto la especulación como el imperio de la demanda sobre la oferta (bases del sistema de mercado): el capital y la cultura de lo supérfluo.

La propuesta ha derivado en otras, como la autogestión, las Comunidades Creativas, la sostenibilidad, etc.

En las formas, el modelo se basa en la combinación de las cámaras de representación (que serían tres en lugar de dos: una para los partidos o soberanía política, y dos para la soberanía social: el Senado y una cámara socio-económica) con sistemas de democracia directa, de participación inmediata de los ciudadanos en la toma de decisiones, tanto si forman parte de una mayoría como si no Y aquí tendrían un papel principal las facilidades que otorgan las nuevas tecnologías y la siempre eficaz movilización social.

Existe, por lo tanto, una formulación teórica consistente para la transformación de las actuales democracias en otras que ofrezcan un mayor protagonismo a los ciudadanos. Una formulación teórica que debe ser conocida y discutida, que debe ser defendida. Y no es, para nada, una postura “apolítica”, no es una postura que pueda contentar a todos: “unos más progresistas y otros más conservadores; unos creyentes y otros no; unos con ideologías bien definidas y otros apolíticos”. La frase entrecomillada forma parte del Manifiesto 15 de mayo de "Democracia Real Ya".

De acuerdo con lo escrito en los posts anteriores (La seducción del caos I, II, III y IV) lo que está sucediendo estos días en las ciudades de España me parece un gran acontecimiento, emocionante; el resultado lógico de una situación crítica, de un modelo de comunicación horizontal (caótico) y de unas posibilidades técnicas (la web 2.0). Los individuos que conforman la masa reunida en la Puerta del Sol de Madrid, en Barcelona o en cualquiera de las otras ciudades, han podido comprobar el poder que tienen. Han enseñado músculo. Pero lo verdaderamente importante es lo que pueden hacer con ese potencial. Históricamente hemos podido ver qué es lo que puede hacer la masa cuando muestra su fuerza.  Lo mejor, pero también lo peor. La diferencia está en el camino que toma: en la ideología. Hemos visto, por ejemplo a las juventudes alemanas bajo los estandartes en el German Stadium, o a la masa “apolítica” española en la Plaza de Oriente.

Para avanzar es necesario saber dónde es delante y donde detrás. El caos es evolución y el orden es involución: no es suficiente con estar “cabreado”, porque el riesgo es que algunos dejarán de estarlo cuando un banco vuelva a concederle una hipoteca basura, o cuando una ETT vuelva a ofrecerle un puesto de trabajo (también basura).

La “spanish-revolution” no lo será hasta que se consolide en los momentos en los que realmente sean otros los que vayan a tomar una decisión que nos afecte y no nos dejen participar. No lo será hasta que se consolide en ese periodo de cuatro años en el que no se cuenta para nada con nuestras opiniones. Ahora es cuando tenemos la posibilidad de elevar nuestra voz en las urnas contra el bipartidismo, (o al bipartidismo imperfecto “de tres” donde existen partidos nacionalistas) votando a otra opción. En caso contrario, les estaremos habilitando para que sigan ejerciendo su poder sobre nosotros. La “Democracia real” es (mientras no se defina) un concepto vacío, pero la “Democracia Participativa” está llena de significado. Y hay que reclamarla en cada momento.

La seducción del caos (IV)

Decir que la sociedad tiene forma de red no es un planteamiento ideológico, sino la constatación de una realidad. El término “caótico” no tiene una consideración ética o moral y no puede ser calificado en términos de bondad o maldad, de conveniencia o inconveniencia.

A algunos dogmáticos, el uso de la Teoría del Caos en la revisión del marxismo les parece inconveniente. El esquema de planificación e intervención del Estado que siguen defendiendo no se puede justificar desde una interpretación de la sociedad a partir de la Teoría del Caos. No hay lugar para la creatividad o para la espontaneidad y, sobre todo, en su esquema de organización sigue siendo necesaria la jerarquía, la verticalidad, que dificulta, por no decir que imposibilita, la retroalimentación y la participación.

Esta postura suele basarse en la obra “Imposturas intelectuales” de Alan Sokal y Jean Bricmont. Se trata de una crítica general al “abuso reiterado de conceptos y términos procedentes de las ciencias físico-matemáticas”. El capítulo dedicado a la teoría del caos intenta “desmontar” principalmente el pensamiento de Jean-François Lyotard, autor de “La condición postmoderna. Informe sobre el saber”, punto de partida de una de las  principales corrientes de pensamiento en la segunda mitad del siglo XX. Curiosamente, Lyotard, junto con otros autores como Gilles Lypovetsky o Cornelius Castioradis formaron parte del grupo “Socialismo o barbarie”, llamado así en honor de la célebre expresión de Rosa Luxemburgo.

La vanidad científica de Sokal y Bricmont choca no sólo con la lógica, sino también con la historia. Sin necesidad de remontarnos a las cosmogonías griegas o judeocristianas y sus mitos, el Renacimiento marca el inicio de la epistemología como teoría del conocimiento científico. La hermenéutica, ya en el siglo XX, señala la dualidad entre las ciencias de la naturaleza (que requieren de una explicación) y las ciencias del espíritu (que requieren de una interpretación). Sin embargo, la teoría del caos difumina la linea que separa la explicación de la interpretación: más que explicar las improbables certezas interpreta las incertidumbres y probabilidades. Científicos como Henri Poincaré, Hendritz Lorentz y el propio Einstein, como padres de la relatividad; Erwin Schrödinger y su paradoja del gato cuántico, e incluso Edward Lorenz, con su efecto mariposa, han transitado sobre esa línea difusa que nos ha abierto las puertas a la incertidumbre y a la estadística.

La teoría del caos es tanto epistemología como metafísica, una nueva interpretación de los sistemas, ya sean matemáticos, físicos, biológicos, económicos, sociológicos o políticos.

Hay ejemplos de todo tipo de sistemas caóticos: la meteorología, las redes sociales, los fractales, los mercados financieros, la física de partículas, la evolución de las especies, el comportamiento del Universo... Las aplicaciones de la Teoría del Caos son infinitas: Desde catastróficas como la organización del terrorismo islamista en la forma de la red Al Qaeda hasta sistemas de justicia, intercambio y “compartición” como los esquemas “peer to peer” de internet; desde la bolsa de valores hasta la democracia participativa; desde la neurología hasta el arte; desde las predicciones meteorológicas hasta la aplicación de fractales a la interpolación de imágenes.

Este último caso resulta muy interesante y curioso por cuanto es capaz de “inventar” la realidad a partir de una información limitada. Uno de los principales problemas de la fotografía digital (y también de la analógica) es la limitación de información contenida, que generalmente se expresa en puntos por pulgada. La información que tenemos de la realidad está siempre limitada a la cantidad de puntos que hayamos podido “capturar” y que pueden ser reproducidos en una unidad de superficie. Cualquier intento de ampliar la fotografía más allá de su resolución (puntos o píxeles por pulgada o por centímetro cuadrado) requiere de una interpretación de cómo sería esa imagen en el caso de que dispusiéramos de más información. Es lo que se denomina interpolación. La forma más sencilla es la interpolación lineal, a partir de los píxeles próximos, que en el caso de la fotografía nos ofrece resultados muy pobres. Luego hay toda una serie de algoritmos como la interpolación bilineal o bicúbica (que utiliza Photoshop). Pero el software con el que posiblemente se obtienen mejores resultados (hasta un 1.000 por ciento de ampliación sin perder nitidez) es “Genuine Fractals” que, en lugar de analizar puntos próximos, analiza la complejidad de la imagen y, además, a partir de probabilidades, introduce la posibilidad de usar texturas preestablecidas.

Otra característica de la percepción de la realidad es la subjetividad, que introduce un nuevo componente caótico. Un músico, por ejemplo, sabe que cuando interpreta con sistemas informáticos debe introducir aleatoriamente imperfecciones para evitar que la música suene irreal y desagradable. En el caso de la reproducción de imágenes en papel, llama la atención la alta calidad que logran las impresoras de chorro de tinta con fotografías de baja resolución. Mientras que una máquina offset necesita de 300 puntos por pulgada, una impresora de chorro de tinta nos ofrece una calidad similar con sólo 150. La causa es el sistema de inyección, que distribuye puntos de tinta de una forma aleatoria (caótica). Hoy, la impresión offset utiliza tramas estocásticas (de distribución de puntos que parece aleatoria pero que es el resultado de un algoritmo) para lograr una mayor sensación de realidad.

Por lo tanto, no sólo la realidad es caótica, sino que también lo es la forma en la que la percibimos.


La seducción del caos (III)

Una razón principal de la autoridad de Lenin en el marxismo fue la victoria de la Revolución de Octubre. Lamentablemente, otras corrientes del pensamiento marxista, como el espartaquismo alemán, no corrieron la misma suerte. A principios del siglo pasado, la discusión en el seno de la  Internacional era apasionante y constructiva, pero derivó, sobre todo a la muerte de Lenin, hacia un tipo de “pensamiento único” impuesto desde Moscú.

Marx y Engels sostenían que "la emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma". Este pensamiento fue un fundamento de crítica de Luxemburgo hacia una revolución llevada a cabo por militares. Además, habría que añadir que su resultado fue la creación de una nueva oligarquía que impedía el protagonismo de la clase obrera en su propia emancipación. Se creó una nueva cúpula en un esquema vertical de organización en lugar de buscar un medio de “horizontalizar” esa organización. (Se puede consultar documentación aquí)

En aquel momento, esa “horizontalización” era inviable desde el punto de vista metodológico y, sobre todo, técnico y, durante décadas, hubimos de conformarnos con la explicación de que la democracia (burguesa) era el menos malo de los sistemas. Si no todos podemos participar en la decisión, al menos podemos elegir a las personas que deciden. Pero, como he dicho anterioormente, la consecuencia más frecuente es la corrupción de los elegidos por parte del verdadero poder, que se concentra hoy en la caótica nebulosa de los mercados financieros.

En este momento sería conveniente recuperar el pensamiento de Rosa Luxemburgo centrado en los medios, más que en el fin. Para Luxemburgo, en cada huelga, en cada protesta, lo más importante no era vencer, sino avanzar. Lo dejó claro durante las pocas horas que vivió tras el intento de revolución de enero de 1919 en Berlín, cuando hizo una apología de la derrota en su último artículo.

En los últimos años, y después del debate finisecular postmoderno sobre el fin de las ideologías, uno de los pocos intentos solventes de actualización del marxismo fue “El socialismo del Siglo XXI”, de Heitz Dieterich Steffan. Para este sociólogo alemán afincado en México, Socialismo del Siglo XXI es sinónimo de “democracia participativa”. Se puede bajar el libro completo.

Sin pararme a analizar algunas visiones anacrónicas contenidas en el libro, creo que el de la “democracia participativa” es un buen debate para el presente. Es evidente que el lenguaje de Marx, Engels o Lenin, utilizado en el momento actual, es anacrónico. Fundamentalmente habría que revisar el concepto de proletariado o clase obrera frente a capitalismo o burguesía. Hoy, la verdadera confrontación es entre las personas y el mercado financiero. Y, en este momento, las víctimas de la crisis iniciada por el mercado financiero son tanto los trabajadores que se quedan sin medio de vida como los autónomos o los pequeños (y no tan pequeños) empresarios que se quedan sin medios para seguir produciendo bienes y servicios necesarios por culpa de los que se dedican a acumular capitales a base de apostar sobre lo superfluo.

Lo verdaderamente importante es que la postura de cada persona, independientemente de su clase y posición, tenga el mismo peso en el momento de tomar decisiones. Y que las minorías tengan capacidad para decidir sobre cuestiones que les afectan. Algo imposible en las actuales democracias.

La visión de Heitz Dieterich establece algunos paralelismos entre las ciencias humanas y la física, la biología o las matemáticas. En el funcionamiento de los grupos humanos identifica dos partes: una previsible y, por lo tanto, planificable, y otra imprevisible y, por lo tanto, caótica. Así, establece dos zonas: una Zona de Dirección, para lo previsible, y una Zona de Creatividad o de Permisividad para lo imprevisible.

En física encontramos claramente este paralelismo: la física newtoniana, de resultados concretos, se sigue utilizando para determinados sistemas, mientras que para otros, como la física cuántica o la relatividad, son necesarios otros cálculos, de resultados probabilísticos.

No creo que las sociedades puedan compararse a la física tradicional porque, como ya dije, la simplificación en fórmulas (como la Ley D'Hont) tiene resultados injustos. Otra cosa es que hayamos tenido que hacerlo así por falta de medios tecnológicos.

Las sociedades son caóticas e imprevisibles, como se ha demostrado estos días en la región mediterránea islámica, como se demuestra cada día con las tendencias de opinión que surgen en las redes sociales, o como muestran iniciativas como la de Anonymous.

La clave del nuevo modelo está en la creatividad y en la permisividad, en una estructura social que tiene forma de red y que es, por lo tanto, caótica. La creatividad es una cualidad de la realidad no lineal y, por lo tanto, abierta, y la permisividad es causa de aleatoriedad. Entran en la descripción de caos.

En el tiempo de Rosa Luxemburgo, el avance creativo era únicamente posible desde la masa. El ruido y los desórdenes provocados durante las protestas expresaban la voluntad de cambiar, de avanzar hacia un sistema más justo. La revuelta era, como todavía lo es hoy en muchas ocasiones, la única forma de comunicación eficaz. La visión del marxismo de Rosa Luxemburgo es también calificada como espontaneísmo. La espontaneidad de la revolución no es más que una expresión de esa Zona de Permisividad o de Creatividad, una expresión del caos. Entonces era imposible afrontarlo desde un punto de vista individual, porque no había forma de que la creatividad de un individuo pudiera darse a conocer si no era a través de los medios al servicio del poder. Hoy, este planteamiento es el que lleva a algunos movimientos libertarios a convocar Black Blocks, en los que una masa de individuos vestidos de negro y con los rostros cubiertos asumen juntos una reivindicación en la calle. No es necesariamente “su” reivindicación, o al menos no la de todos ellos, pero participan por solidaridad o porque “hoy por ti y mañana por mi”.

La seducción del caos (II)

El orden convencional fue en su momento una necesidad impuesta por limitaciones en la técnica y en el conocimiento, un ejercicio de síntesis para explicar el mundo y lo que sucede desde la simplicidad de una fórmula o una relación causa-efecto. Para la organización de las personas, esta simplificación fue frecuentemente impuesta por la fuerza: el jefe de un clan o de una tribu, el rey, el señor feudal, el dictador. La aplicación del orden al contrato social únicamente podía hacerse mediante la delegación de la toma de decisiones colectivas y, muchas veces también, íntimas. De la misma manera que la geometría euclidiana trataba de reducir el espacio a formas ideales, como círculos, esferas, polígonos o poliedros, la necesidad de las sociedades de tomar decisiones se redujo a los líderes o dirigentes, independiemente del contrato que los legitimara: una imposición forzosa: regímenes y dictaduras militares; o un sistema de delegación legitimada por grupos más o menos grandes: dictaduras civiles oligárquicas (donde el gobierno es designado por minorías) o democracias (donde el gobierno es designado por mayorías).

Pero la necesidad de simplificar, que viene impuesta por las circunstancias, no convierte a la organización de un sistema en más eficaz ni en más justo. Tomo un ejemplo de Escohotado: en el ejército, la concentración de la toma de decisiones en una sola persona, por ejemplo un sargento, no lleva a la tropa a elegir el mejor camino, sino el más sencillo de expresar con órdenes simples. Imaginemos a una tropa en un punto determinado de un gran aparcamiento. El objetivo es alcanzar otro punto situado en el otro extremo. El sargento va diciendo; de frente, media vuelta, variación derecha, variación izquierda, paso ligero, etc.. Cualquier grupo de personas situado en el mismo punto de partida y sin la necesidad de actuar de una forma ordenada alcanzaría el objetivo de una forma mucho más rápida. El caos ha sido más eficaz que el orden.

Las cuestión que quedaría por resolver es la de saber cuál es el objetivo y si realmente queremos, o necesitamos, llegar allí.

El ejemplo emblemático de la teoría del caos es la meteorología. De hecho ha sido un meteorólogo, Edward Lorenz, uno de los principales padres de las formulaciones del caos. Frente al principio tradicional de que las mismas causas causan los mismos efectos, la experiencia nos muestra que pequeñas variaciones en el origen de un proceso pueden causar grandes modificaciones en su resultado. Es lo que se ha explicado de una forma simple como el “efecto mariposa”. Los técnicos saben que la predicción del tiempo atmosférico tiene un límite en el tiempo y que la fiabilidad guarda una relación inversa con el lapso que transcurre entre la predicción y lo que se trata de predecir. Pueden surgir pequeñas causan que provoquen grandes modificaciones, o puede haber causas no previstas cuyos efectos todavía no son sensibles.

Sin embargo, es sorprendente el grado de acierto que tienen a  corto y medio plazo muchos de los servicios meteorológicos que se ofrecen por internet. La principal causa es que los adelantos tecnológicos permiten evitar cada vez más las simplificaciones y analizar cada vez más variables. Los cálculos de los super-ordenadores son los que han permitido esos avances. Los científicos ya no tienen que trabajar, como sucedía hasta ahora, con el conocimiento que entraba en sus cabezas y unos cuantos libros acumulados en unas estanterías; y con un lápiz, un papel o, como mucho, una calculadora, como herramientas de cálculo. Ya no tienen necesidad de simplificar para alcanzar resultados fiables. Eso sí, han renunciado a la certidumbre y han tenido que añadir las variables de incertidumbre en sus cálculos. Ahora, los científicos hablan de probabilidades. Cuantas más, mejor. Si en un servidor de meteorología leemos que hay una probabilidad de lluvia de un 80 por ciento, es mejor que saquemos el paraguas.

La ruptura de las cadenas que constreñían a la ciencia a causa de esa necesidad de simplificar es un hecho asumido hoy por todos los científicos. La posibilidad de trabajar y hacer análisis en red y de hacer millones de cálculos por minuto ha acabado con las certidumbres pero, a cambio, ha permitido avanzar en el conocimiento.

Sin embargo, en los ámbitos del saber relacionados con el comportamiento humano y sobre todo, con la convivencia, los encargados de tomar las decisiones prefieren mantenerse en la era de las cavernas. La política no ha aprovechado en absoluto las posibilidades de la red. Y ha sido por puro instinto de supervivencia de los políticos y de los grupos de poder. Estos últimos, además, llevan tiempo viviendo de las posibilidades de éxito que ofrecen las incertidumbres y el caos. Ese es el fundamento del funcionamiento de los mercados. Si fueran absolutamente predecibles, nadie ganaría porque todos tratarían de invertir a ganador. De ahí el valor del riesgo.

Los griegos ya se plantearon el dilema de cómo decidir quién debe ostentar la delegación de la capacidad de toma de decisiones. Uno de los sistemas adoptados fue el sorteo. Totalmente justo y legítimo. Si todos somos iguales y tenemos las mismas responsabilidades, debemos también tener el mismo riesgo de tener que dedicar momentos de nuestras vidas a la cosa pública. Y digo riesgo y no oportunidad. Porque imaginemos que el sistema de decidir quién ha de ser el alcalde de una población fuera el mismo que el que adoptamos en una comunidad de propietarios. Nadie quiere ser el presidente, a no ser que tenga un verdadero interés y vocación de servicio en favor del bien común. Sucede en muchos pueblos pequeños, donde la población se tiene que poner de acuerdo para convencer a alguien para que se presente a las elecciones.

¿Por qué, entonces, hay piñas en los procesos electorales? Porque desde que se hizo necesario el proceso de simplificación y que una persona o un grupo reducido tuvieran la legitimidad para tomar las decisiones, los posibles beneficiados por esas decisiones se han dedicado a utilizar todo tipo de herramientas de persuasión sobre esas personas o esos grupos reducidos: desde la simple adulación hasta el cohecho. De ahí que la corrupción esté presente en todos los regímenes, incluidas las democracias, donde es considerada “un problema” y no una característica inherente al sistema.

Y es también la corrupción la explicación de por qué no se ha abierto la política a las oportunidades de responsabilización de los individuos en los procesos de toma de decisiones que ofrece la tecnología y la organización caótica en red.

En realidad, el gobierno de los políticos puede no ser tan necesario como nos parece. Las piñas entre nacionalismos en Bélgica, por ejemplo, han provocado que el país lleve sin gobierno desde abril del año pasado. Y durante todo este tiempo el Estado no ha dejado de funcionar. Y algo similar pasó en Holanda. El caso es que Bélgica, el corazón de la Europa democrática, lleva casi un año sin gobierno, pero el tranvía sigue atravesando Bruselas, funcionan los aeropuertos, los trenes, las carreteras, la policía... Y la vida sigue. Los belgas, incluso se lo toman con sentido del humor (“Huelga de sexo hasta que Bélgica tenga gobierno”).

Eso nos lleva a que lo realmente necesario es un sistema de eficaz de administración. Funcionarios diligentes, que trabajan para la comunidad, no necesariamente por verdadero interés y vocación de servicio, sino como un medio de ganarse la vida. De entre los tres poderes del Estado, uno, el de la Justicia, está formado por funcionarios de carrera que acceden a los puestos de responsabilidad a través de un sistema de méritos establecido por el pueblo. O así sería si realmente la democracia expresara la voluntad popular.

La última encuesta del CIS refleja que el 80 por ciento de los ciudadanos expresa tener poca o muy poca confianza en los líderes del PSOE y del PP. ¿Dónde está la democracia? La única posibilidad real de participación consiste en expresar una opinión cada cuatro años para decidir entre dos alternativas de las que desconfía la inmensa mayoría.

Dejaré todavía para otra entrada mi opinión sobre el fenómeno Wikileaks. Pero, sin embargo, sí me referiré ahora a Anonymous. Este movimiento, en principio sin líderes y con pocas posibilidades de ser manipulado, nació como un objetivo: desentrañar el carácter sectario de la Iglesia de la Cienciología. Posteriormente planteó otro, relacionado con la libertad de expresión, en el que se enmarcan las campañas sobre wikyleaks y sobre los  abusos en la propiedad intelectual. Alguien, un individuo, o un grupo plantea el asunto y propone una acción. Si no hay un interés razonable, la acción fracasará. Pero si el tema interesa, cada individuo que accede a las redes dispone de la posibilidad de apretar el botón que activa un software que colapsa un sitio web.

Independientemente de la herramienta, que puede ser otra, y de los objetivos concretos de estas campañas, este sistema caótico muestra que es posible invertir el proceso de toma de decisiones. Cualquier sistema político se basa en un esquema “de arriba a abajo”. Arriba se propone y, en todo caso, abajo se vota. Sin embargo, la red permite que las propuestas de las minorías (silenciadas por la democracia) o incluso de los individuos (hay muchos genios carente de vanidad que viven en la sombra) puedan ser aprovechados por las sociedades si resultan convenientes, beneficiosas o razonables.

Los cambios en Túnez y Egipto no se entenderían sin el uso de la red. En una de las pocas intervenciones de Mubarak durante las protestas, el presidente dijo que los egipcios que se necesita liderazgo para elegir entre el orden (dijo la estabilidad) y el caos. Y el pueblo egipcio asumió ese papel (que Mubarak atribuía al liderazgo) para elegir el caos.

La seducción del caos (I)

Todo empezó con una discusión con mi hijo, de catorce años, sobre la masa como poder, o la masa como víctima del poder. Sobre la masa opresora o la masa oprimida. Sus argumentos, como de costumbre, eran buenos: “conseguiremos mejor nuestros objetivos si estamos unidos, evitaremos abusos e injusticias y, si hay amenazas, seremos más fuertes si somos más que ellos. Y, efectivamente, somos más que ellos”.

¿Es eso la masa? ¿O no han de ser individuos conscientes que, desde una reflexión individual y con capacidad creativa individual, actúan de una forma conjunta y coordinada para lograr un fin?

Él, en realidad, sí se estaba refiriendo a la masa, y lo hacía de una forma coherente, seducido como está por un comunismo bastante ortodoxo en el que la planificación no deja demasiado margen para la creatividad.

En el ensayo de Antonio Escohotado “Caos y orden” leo que “lo opuesto a una masa humana es cualquier red de personas singulares, tejida sobre la substancia de sus diferencias, y abierta creativamente a flujos aleatorios”.

Citaré una vez más el artículo que Rosa Luxemburgo escribió la noche anterior a su muerte: “El orden reina en Berlín” en el que recordaba las periódicas explosiones populares contra el orden, huelgas o insurrecciones. Una de las cuestiones más inteligentes que revela este texto es la inversión de la voluntad lógica de la victoria. El destino particular de cada uno de estos episodios es la derrota y, aún así, no debemos renunciar a manifestarnos una vez más, insometernos una vez más.

La red como lo opuesto a la masa y esa no renuncia a la insurrección que me llevará, más adelante, a hablar de Wikileaks, es lo que me animó a hacer esta reflexión.

Desde finales del siglo XIX, ciencia y pensamiento han ido desmontando, uno a uno, todas las reglas y principios que creíamos inmutables. La muerte de Dios constatada por Friedrich Nietztche fue un comienzo simbólico del ocaso del orden tal y como lo habíamos entendido hasta entonces. Hoy podríamos preguntar a los físicos hasta que punto es correcta la dirección del tiempo que hemos considerado como válida: del pasado hacia el futuro. Según la cosmogonía tradicional de griegos y judeo-cristianos, el principio fue el caos. Sin embargo, el conocimiento actual nos demuestra de una forma cada vez más incuestionable que el caos es hacia donde avanzamos.

Hay palabras que viven presas de prejuicios. Pasó en su día con la palabra “libertad” y todavía sucede con “caos”. Desde disciplinas tan diferentes como la física cuántica, el estudio de los atractores fractales o la meteorología, se nos dice que el caos es la vía más fiable para acercarnos a la verdad.

Me gusta el clásico ejemplo que se utiliza para ilustrar la descripción de la “entropía”: Si arrojamos al aire un vaso de cristal es muy probable que acabe en el suelo hecho pedazos, pero si arrojamos al aire los pedazos de cristal es muy poco probable (por no decir imposible) que lo que queda en el suelo sea un vaso.

Lo probable es lo máximo con lo que nos podemos conformar, mientras que lo cierto es imposible. El principio de indeterminación, o de incertidumbre, de Heisemberg, mostró cómo la física tradicional era incapaz de predecir el lugar exacto en el que se encuentra un electrón en su órbita en torno al núcleo. Erwin Schrödinger, en su famosa paradoja, fantaseó con la posibilidad real de que esa misma partícula (a la que convirtió en gato) pudiera encontrarse en dos lugares diferentes en un momento determinado. En su aportación a la biología, fue este físico el que dijo que la entropía lleva a conservar o aumentar la complejidad (el vaso, o no se rompe, o se hace añicos).

Resulta, pues, que no solo Dios ha muerto, sino que Newton, y toda la mecánica que se construyó sobre sus principios, también. La linealidad es un concepto ideal, pero la realidad es mucho más compleja.

Por ahora nos conformamos con saber que la mecánica newtoniana es más o menos aplicable al estudio de sistemas no microscópicos y en el momento actual. Es como la geometría euclidiana, que describe figuras ideales en un espacio tridimensional: cuadrados, círculos, esferas. Pero la realidad está hecha de perturbaciones en el agua o en el aire, de vasos que se rompen.

Hemos estado más de treinta siglos intentando explicar un mundo simplificado e ideal, lineal. Pero, en realidad, es un mundo complejo, líquido y azaroso. Nos hemos empeñado en el orden, cuando la realidad es caos.

A la hora de “medir” el mundo, no podemos evitar errores, “redondeos”. Es, por ejemplo, imposible calcular con exactitud lo que mide un círculo (una de las figuras más simples de la geometría euclidiana), puesto que en la fórmula para hacerlo dependemos de un número irracional (π) con el que, por mucho que afinemos, necesariamente tendremos que recurrir al redondeo.

Si las leyes que creíamos verdaderas e inmutables fallan para lo más simple, ¿qué sucederá con los sistemas más complejos, como los que estudian las ciencias humanas?

De la misma manera que la masa es lo opuesto a cualquier red de personas singulares, el caos tiene forma de red, y es lo contrario al carácter vectorial o lineal de la mecánica newtoniana.

Desde hace más de un siglo, los verdaderos motores del capitalismo (los capitalistas) lo han entendido así y por eso han creado un sistema caótico que se ha llegado a llamar anarco-capitalismo. Es así como funcionan los mercados financieros, que fundamentan su evolución en la ponderación de incertidumbres, en este caso “riesgos” y mercados de futuros. Pero lo han hecho asegurándose que bajo ellos se mantenía un colchón de orden creado por ellos mismos, pero haciendo creer a los individuos que eran dueños de su destino al hacerles pensar que podrían elegir entre dos opciones cada cuatro años. Todo bastante lineal.

El mundo de los mercados de especulación financiera es como las plazas en las que se celebran las fiestas catalanas de los castellets. Los protagonistas construyen torres caóticas en las que las columnas están construidas de un material bastante impredecible (personas) y asumen unos riesgos que se minimizan por el hecho de que, en caso de colapso, abajo habrá una masa sometida al orden de estar con los pies en el suelo y dispuesta a suavizar los efectos de la caída.

En líneas generales, y probabilísticas, los dueños del capital acaban ganando, porque el sistema por el que han optado es caótico y, por lo tanto, eficaz.

Sin embargo, se han aferrado a la imposición del orden al resto de la humanidad (la inmensa mayoría), para así poder disfrutar de sus ganancias. En la organización en red, caótica, como se está demostrando, el dinero perdería una buena parte de su utilidad. Las personas preferirían compartir a comprar.