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Mamá Telefónica nos pone canguro
Fueron tal vez los nazis los primeros en aplicar de forma consciente la denominada “teoría de la bala”, o de la "aguja hipodérmica" que buscaba influir en los comportamientos de los individuos mediante un uso unidireccional de los medios de comunicación. A pesar del éxito que con frecuencia se atribuye a la comunicación encarnada por el infausto Goebbels, lo cierto es que lo que verdaderamente se impuso sobre las voluntades fueron las amenazas y la violencia.
La amenaza es un ejercicio burdo de poder que, en principio, nada tiene que ver con las sutilezas de la sibilina manipulación. El problema viene cuando el poder y la capacidad de manipular recaen en las mismas manos.
En un modelo democrático se presupone un control sobre el poder, que se materializa en la capacidad de las personas para cambiar a los encargados de gestionar ese poder, que ejercen por delegación. En ese contexto se aceptó que la difusión de informaciones por medios masivos pudiera estar en manos privadas. La comunicación de masas es un derecho fundamental y un servicio que, como las cantinas de hospitales y universidades o la limpieza de las ciudades, puede ser prestado por una concesionaria. Eso sí, bajo un control estricto para que prevalezca ese derecho fundamental de las personas que, en el caso de España, se explicita en el artículo 20 de la Constitución. Tanto el poder como la comunicación, situados en la parte alta y estrecha de un esquema vertical de organización, se habían de ejercer por delegación de aquellos que ocupan la parte baja y ancha, el pueblo, cuya capacidad de decisión se refleja en el voto.
La transformación de aquel modelo democrático imperfecto en el modelo de democracia liberal que hoy nos domina hizo que, como sucedió en el resto de los ámbitos sociales, la libertad de los poderosos se impusiera sobre la libertad de los ciudadanos. Es decir, la libertad de informar se impuso sobre el derecho a ser informado. Para difundir informaciones con posibilidades de éxito era necesario disponer de un medio de masas, y su creación y mantenimiento implicaba ingentes inversiones solo al alcance de los poderosos. Unos poderosos que, también a golpe de talonario, aumentaron su capacidad de influencia sobre los políticos. La capacidad real de decisión del pueblo a través del voto se fue al garete.
Mientras que las relaciones de sometimiento entre el verdadero poder y la política permanecen invariables, en el ámbito de la comunicación sí se ha producido un cambio radical. El propio concepto de comunicación de masas está en entredicho. Las masas tienden a desaparecer. Son los individuos los que, entre iguales, intercambian archivos de música, vivencias en los blogs o en las redes sociales, diversión o información. Hoy, la capacidad real de decisión del pueblo se refleja en su participación en la red.
Es necesario que los modelos de convivencia (la política) se adapten a esta nueva situación porque de lo contrario se abrirán ante nosotros peligros similares a los que se cernieron sobre el mundo cuando los nazis ensayaron la “teoría de la bala” a través de la combinación de las burdas amenazas y la violencia del poder con las posibilidades de manipulación a través de la comunicación.
El ejemplo más claro y cercano es el de Telefónica (hoy Movistar) en España. La privatización del servicio prestado por esta empresa, por el momento en el que se produjo, le abrió las puertas a un poder casi absoluto, que no duda en ejercer con amenazas (como la de cortar un servicio fundamental en caso de dudas sobre el cumplimiento de las obligaciones contractuales sin la mediación de la Justicia).
Internet no es un medio de comunicación sino un entorno en el que, entre otros contenidos, fluye la comunicación. Es como el aire. Algo que no debe ser privatizado. Otra cosa son los diferentes productos, servicios o programas que se desarrollen en ese entorno.
Imaginemos una actuación de una concesionaria de obras públicas en una ciudad: la construcción de un barrio, con sus viviendas, calles e infraestructuras, y su mantenimiento. En las calles se instalan comercios, con sus rótulos y escaparates. La gente habla y pasea. Pero, antes de hacerlo, los comerciantes deben pedir permiso a la concesionaria de la obra para poder instalar esos comercio, rótulos y escaparates y las personas han de hacerlo para hablar y pasear. Un buen día, a una persona que camina por una de esas calles le ponen una venda en los ojos cada vez que pasa por delante de determinados comercios y trata de hablar con determinadas personas. Es un agente de la empresa concesionaria, que también le dice, “bueno, si usted me lo pide, no le pongo la venda y a partir de ahora no le cobro por este servicio”.
La situación es ridícula, pero es más o menos lo que me pasó este fin de semana con Telefónica. El sábado, mientras buscaba en Google documentación sobre grupos anarquistas, el acceso a una página me fue vetado con un mensaje en el que se me informaba que “Canguro Net” había considerado inapropiado aquel contenido. Me informé sobre lo que estaba sucediendo y resultó que el tal “Canguro Net” era un servicio de pago que Telefónica incluyó en nuestro contrato sin habérselo solicitado. Después de algo más de una hora de investigación fui capaz de anular el filtro que me habían impuesto. Al día siguiente intenté que la empresa me diera de baja, algo que creo haber logrado después de numerosas llamadas y mucho, muchísimo tiempo. De todas formas me han dicho que debo comprobarlo en el próximo recibo.
Como en el caso de la venda en los ojos, tengo la sensación de haber sido objeto de un atentado grave y, sobre todo, tengo una sensación de preocupación. Los señores dueños de esa empresa, sobre los que no tengo ninguna capacidad de decisión, tienen en sus manos los derechos que se me reconocen en la Constitución y pueden dármelos y quitármelos a su capricho. Ellos lo hacen y eres tú el que tienes que moverte para recuperarlos. De nuevo, son los poderosos los depositarios de un derecho pensado inicialmente para la protección de las personas: son inocentes mientras no se demuestra lo contrario. Y es el pueblo el encargado de gastar su tiempo y su dinero en hacer las demostraciones.
La red es un entorno, como lo son las calles de nuestras ciudades, donde hablamos, nos relacionamos, intercambiamos cosas, compramos o nos divertimos. Lo que nos permite la tecnología es romper con las limitaciones del espacio físico y abrirnos las puertas de un espacio virtual. Pero los proveedores de la tecnología no deben tener ningún poder sobre las relaciones, las conversaciones, los intercambios, los negocios o la diversión, de la misma manera que el proveedor de obras públicas no lo tienen sobre lo que las personas hacen en las calles que han construido y que se encargan de mantener.
Está claro que el modelo liberal implica la asunción por parte de los poderosos de los derechos de libertad que corresponden a aquellos que han sido víctimas del poder. ¿O acaso Aznar no puede beber vino cuando quiera?; o llevar armas, o privatizar Telefónica. Eso deberían preguntárselo al que conducía el otro coche, al que recibió el balazo o al que, como yo este fin de semana, sufrió la violencia de una censura inexplicable y de un intento de estafa.
“Domadores” de la verdad en “La Voz de Galicia”
Está claro que el “interés” que suscita la fusión de las cajas de ahorros gallegas nada tiene que ver con el interés público y sí mucho con los intereses económicos. De ahí que para defender posturas, los periódicos gallegos no hayan dudado en renunciar al poco prestigio que conservan.
Mi opinión personal es que las cajas de ahorros constituyen una fórmula que España debería haber defendido frente el afán liberalizador de la Unión Europea como una banca social en la que las ganancias se dedicaran a prestar servicios a la comunidad. De hecho, en un momento como éste, en el que sufrimos las consecuencias de la falta de escrúpulos de la banca privada, el mantenimiento de una banca más o menos pública podría ser el modo de reconciliar al mundo financiero con la sociedad y una vía para castigar a aquellos que nos han mostrado ese desprecio. Eso sin hablar de la posibilidad de intervención para la nacionalización de al menos una parte de la banca, que sería lo más justo y necesario.
Pero no es de esto de lo que quería escribir. El pasado día cuatro de mayo leí en la versión digital de "La Voz de Galicia" el titular: “Los sindicatos piden la salida de Gayoso, y que nuevos gestores piloten la fusión”. La verdad es que me llamó la atención una toma de postura tan clara en un momento en el que todo estaba por decidir. “Pinché” el enlace para enterarme más del asunto y mi primera sorpresa fue que la noticia aparecía con un titular diferente no sólo en la forma, que es lo normal, sino también en el fondo: “Los sindicatos reclaman una fusión de las cajas sin personalismos”.
Independientemente de las interpretaciones, el titular elegido por "La Voz" para la portada es tendencioso y se refiere a una de las partes, mientras que el del interior es neutral, ya que se refiere a las dos. En un proceso de carácter institucional como el que se negocia, los que hacen declaraciones las miden lo suficiente como para que lo que digan sea exactamente lo que quieren decir.
Sin embargo, “La Voz de Galicia” se atrevió, por una parte, a interpretar lo que los sindicatos querían decir y, por la otra, a decirle a los lectores lo que deberían interpretar.
Y la fórmula que eligió para hacer esa interpretación fue la del famoso chiste de Gila. Resulta que “los mensajes de CC OO, UGT y CIG están centrados indirectamente” en la figura de Julio Fernández Gayoso. Ah! Era una indirecta, como cuando Sherlock Holmes quiso detener a Jack “el Destripador” diciéndole, en bajito, “alguien ha matado a alguien”.
Desde luego, este tipo de interpretaciones tienen cabida en los periódicos, pero en las páginas de editorial si el que se aventura a hacerlo es el propio periódico, o en las de opinión si el que interpreta es una persona. En las páginas de información, que informen de lo que se dice, que los lectores ya harán, si lo consideran pertinente, su propia lectura.
Pero es que, además, la noticia contiene una falsedad en la primera línea: “Los representantes de los casi 7.900 empleados de las dos cajas de ahorros de Galicia, repartidos por casi 1.400 oficinas, creen que es momento del relevo de las actuales cúpulas financieras”. Si seguimos leyendo, podemos comprobar que quien hace las declaraciones son los dirigentes de los sindicatos, y no los representantes de los trabajadores de las cajas. Son los delegados sindicales los que reciben el voto y representan a los trabajadores. Y la representatividad de los sindicatos, en cuanto a participación institucional y acción sindical, depende de la suma de su representatividad en las empresas, y no al revés.
Por lo que yo sé, en algunos casos de manera personal y directa, los representantes de los empleados de una de las cajas piensan lo radicalmente contrario de lo que “La Voz de Galicia” dice que piensan. Y, si no, que se lo pregunten.
Con esta forma de hacer periodismo, los periódicos demuestran una absoluta falta de consideración con sus lectores, además de una burla a su inteligencia. La calidad de un periódico se mide, precisamente, en función de su capacidad para estar por encima de las situaciones coyunturales y de las personas, ya que es el depositario de un derecho fundamental de los ciudadanos. La traición a esa responsabilidad es una de las principales causas de la actual crisis de los medios convencionales.
La actualidad quiso que esta noticia haya aparecido junto a la información sobre la muerte de Angel Cristo, conocido domador de leones y otras fieras. Por lo que se ve, los periódicos son también capaces de “domar” la verdad.
La "ley del embudo" o como evitar "pasar por el aro"
Los sistemas democráticos se empeñan en presentar la simplificación como un objetivo del buen gobierno. Pero el resultado en un proceso de simplificación llevado al extremo es la tiranía. Aún cuando esté refrendada por una mayoría. Leo hoy en El Público un reportaje titulado “PSOE y PP, sintonía de Estado para protegerse” sobre el modo en que estas dos formaciones utilizan las imperfecciones del sistema para perpetuarse.
La frase que hemos aprendido en el colegio es que la democracia es el menos imperfecto de los sistemas políticos. Seguramente sea verdad. Pero el camino deseable sería el de “perfeccionar” las imperfecciones, y no valernos de ellas para crear un modelo cada vez más imperfecto o convertirlas en el meollo del sistema.
Y eso es lo que está pasando en las democracias occidentales. La participación de los ciudadanos se ha “simplificado” a un día de cada cuatro años y la representación se ha “simplificado” a dos opciones. Y siempre, tras estas simplificaciones, han estado las imperfecciones de la consulta, sobre todo técnicas y metodológicas. En la Unión Europea se ha llamado estas imperfecciones “carencia democrática” y al intento por solucionarlas “buena gobernanza”.
La democracia tal y como la conocemos parte de la base de que no se pueden consultar todas las decisiones en cada momento a los ciudadanos. Y a la eficiencia se le llama simplificación. Ambos, la “buena gobernanza” y la simplificación forman parte de los principios del Tratado de la Unión Europea. Toda una paradoja.
El tercer gran concepto en el debate sobre los sistemas de participación de los ciudadanos es el de la libertad de expresión y el papel de los medios de comunicación.
En el reportaje de El Público al que me refería se cita una frase de Gaspar Llamazares, que habla de la “ley del embudo” por lo fácil que resulta obtener representación a los partidos grandes y lo difícil que es para los pequeños.
En realidad, el sistema sí tiene forma de embudo. El pretexto de las limitaciones técnicas provoca que haya una parte estrecha, el resultado de la simplificación, en la que se concentra el poder (y los medios de comunicación convencionales), y otra ancha en la que estamos todos los demás. Cualquier flujo de decisión o de comunicación ha de pasar por esa parte estrecha para ser efectiva. Un desfiladero, como saben los estrategas militares, es el mejor lugar para que unos pocos puedan vencer a una multitud. El bipartidismo, o las vacaciones cuatrienales de la democracia, o las televisiones, o los periódicos, actúan como ese desfiladero en el que el capital y la mentira de la especulación han tomado posiciones.
Las limitaciones técnicas y metodológicas para mantener esta situación son cada vez menores. Ahora es más fácil que la iniciativa de un individuo que vive en la parte ancha del embudo pueda llegar a todos los demás sin necesidad de pasar por la parte estrecha. El sistema de poder por delegación de la democracia convencional pierde sentido. Cada vez necesitaremos que la organización disponga más de funcionarios, o personas que actúen como herramientas, que de personas investidas de poder o de capacidad de mando. Será más complejo, pero para eso están las tecnologías.
Quien más se resiste a esta realidad son, precisamente, aquellos instalados en la parte estrecha y que quieren que la elección siga siendo entre dos y cada cuatro años. Aquellos que consiguen que la primera medida en una crisis económica provocada por la boca del embudo sea alimentarla todavía más. La política corre el riesgo de alentar un nueva burbuja, también especulativa y rellena de vacío. Un burbuja que irá alejándose de nosotros todavía más, hasta que reviente, lejos. Pero, si lo permite el cambio climático, nosotros seguiremos aquí y, probablemente, organizados.
La frase que hemos aprendido en el colegio es que la democracia es el menos imperfecto de los sistemas políticos. Seguramente sea verdad. Pero el camino deseable sería el de “perfeccionar” las imperfecciones, y no valernos de ellas para crear un modelo cada vez más imperfecto o convertirlas en el meollo del sistema.
Y eso es lo que está pasando en las democracias occidentales. La participación de los ciudadanos se ha “simplificado” a un día de cada cuatro años y la representación se ha “simplificado” a dos opciones. Y siempre, tras estas simplificaciones, han estado las imperfecciones de la consulta, sobre todo técnicas y metodológicas. En la Unión Europea se ha llamado estas imperfecciones “carencia democrática” y al intento por solucionarlas “buena gobernanza”.
La democracia tal y como la conocemos parte de la base de que no se pueden consultar todas las decisiones en cada momento a los ciudadanos. Y a la eficiencia se le llama simplificación. Ambos, la “buena gobernanza” y la simplificación forman parte de los principios del Tratado de la Unión Europea. Toda una paradoja.
El tercer gran concepto en el debate sobre los sistemas de participación de los ciudadanos es el de la libertad de expresión y el papel de los medios de comunicación.
En el reportaje de El Público al que me refería se cita una frase de Gaspar Llamazares, que habla de la “ley del embudo” por lo fácil que resulta obtener representación a los partidos grandes y lo difícil que es para los pequeños.
En realidad, el sistema sí tiene forma de embudo. El pretexto de las limitaciones técnicas provoca que haya una parte estrecha, el resultado de la simplificación, en la que se concentra el poder (y los medios de comunicación convencionales), y otra ancha en la que estamos todos los demás. Cualquier flujo de decisión o de comunicación ha de pasar por esa parte estrecha para ser efectiva. Un desfiladero, como saben los estrategas militares, es el mejor lugar para que unos pocos puedan vencer a una multitud. El bipartidismo, o las vacaciones cuatrienales de la democracia, o las televisiones, o los periódicos, actúan como ese desfiladero en el que el capital y la mentira de la especulación han tomado posiciones.
Las limitaciones técnicas y metodológicas para mantener esta situación son cada vez menores. Ahora es más fácil que la iniciativa de un individuo que vive en la parte ancha del embudo pueda llegar a todos los demás sin necesidad de pasar por la parte estrecha. El sistema de poder por delegación de la democracia convencional pierde sentido. Cada vez necesitaremos que la organización disponga más de funcionarios, o personas que actúen como herramientas, que de personas investidas de poder o de capacidad de mando. Será más complejo, pero para eso están las tecnologías.
Quien más se resiste a esta realidad son, precisamente, aquellos instalados en la parte estrecha y que quieren que la elección siga siendo entre dos y cada cuatro años. Aquellos que consiguen que la primera medida en una crisis económica provocada por la boca del embudo sea alimentarla todavía más. La política corre el riesgo de alentar un nueva burbuja, también especulativa y rellena de vacío. Un burbuja que irá alejándose de nosotros todavía más, hasta que reviente, lejos. Pero, si lo permite el cambio climático, nosotros seguiremos aquí y, probablemente, organizados.
“Ésto sólo lo arreglamos entre todos”, la red no tiene ideología y la revolución no se dirige
“Todos” es un concepto equivocado cuando la comunicación fluye en una red. Esa palabra sólo puede tener sentido para el que mira desde arriba y piensa que su influencia puede llegar al grupo que vislumbra. Por eso creo que lo que más se ajustaría a la realidad sería hablar de “cada uno” si de verdad queremos referirnos a unas voluntades individuales que podrían ser sumadas.
Una campaña de publicidad o de relaciones públicas implica que alguien dedique unos recursos a la aplicación de unas estrategias de comunicación determinadas para lograr un resultado mayor de lo invertido. Si se hace de una forma deontológicamente aceptable, se trata de una herramienta lícita, tanto para la venta productos como para la difusión de ideas (propaganda).
Como sucede con el resto de los ámbitos de la comunicación “de masas” (aquella en la que uno habla y muchos escuchan), las cosas están cambiando bastante últimamente, y cada vez es más difícil lograr el éxito a través de las técnicas tradicionales: estamos sobresaturados de mensajes, recelamos de la simplificación extrema del discurso (“bebe Coca Cola”, ja), consideramos la publicidad como un ruido que distorsiona aquellos actos de comunicación en los que sí estamos interesados (como los anuncios que nos interrumpen las películas o los banners y “pop ups” que nos molestan para ver una web).
Por eso hay cada vez más marcas que experimentan nuevas fórmulas de comunicación basadas en el “contagio” en red. La expresión con la que se ha bautizado a este tipo de promoción, “viral”, nos sirve para extender la metáfora: un anuncio convencional a través de un medio de masas sería como una bomba biológica, con la que se busca un contagio masivo, mientras que un “viral” tratará de que los contagios se produzcan “entre pares” (PtoP).
Pero se equivocan los que creen que únicamente se trata de un cambio de canal para intoxicar a un rebaño. Porque el rebaño, el “todos”, está también dejando de existir en la medida en que cualquiera de sus integrantes tiene la capacidad de introducir un mensaje exitoso en la red (o una vacuna). El otro día El País se hacía eco de un fenómeno que tenía que ver son esto (“Pepinillos en Facebook”).
La mejor aproximación que conozco a la nueva realidad del mercado en una sociedad en red es el Manifiesto Cluetrain, que ofrece algunas claves para entender esta nueva forma de comunicación.
Una de esas claves es la honestidad. La mentira (o la ocultación de la verdad) es siempre un riesgo en comunicación, pero, en el caso de la comunicación en red, este riesgo es extremo.
La campaña “Esto sólo lo arreglamos entre todos” será con el paso de tiempo un ejemplo de cómo no se debe utilizar la comunicación en red con las premisas de la comunicación de masas. En primer lugar, parte de un engaño: el de no decir claramente que alguien está dedicando unos recursos a la aplicación de unas estrategias de comunicación determinadas para lograr un resultado mayor de lo invertido. En este caso, quien invierte son las Cámaras de Comercio y un grupo de empresas.
Además, en lugar de confiar en los contagios “entre pares” o, lo que es lo mismo, en la esencia misma de la campaña, utiliza “bombas biológicas” en forma de anuncios en televisión, publicidad estática en las ciudades y prescriptores más o menos famosos.
Se olvida de la calle, de la acción, de la imaginación. Necesitan a “todos” pero temen a la masa (cuando lo que realmente deberían temer es a los individuos y su capacidad para hacer famoso a un pepinillo).
La red es neutra, y hoy la revolución es espontánea y depende de las voluntades individuales, al contrario que los medios de masas convencionales, que no son neutros, y el concepto convencional del mercado, que puede ser dirigido (a los targets). Pretender ideologizar la red y dirigir una revolución está abocado al fracaso.
Una campaña de publicidad o de relaciones públicas implica que alguien dedique unos recursos a la aplicación de unas estrategias de comunicación determinadas para lograr un resultado mayor de lo invertido. Si se hace de una forma deontológicamente aceptable, se trata de una herramienta lícita, tanto para la venta productos como para la difusión de ideas (propaganda).
Como sucede con el resto de los ámbitos de la comunicación “de masas” (aquella en la que uno habla y muchos escuchan), las cosas están cambiando bastante últimamente, y cada vez es más difícil lograr el éxito a través de las técnicas tradicionales: estamos sobresaturados de mensajes, recelamos de la simplificación extrema del discurso (“bebe Coca Cola”, ja), consideramos la publicidad como un ruido que distorsiona aquellos actos de comunicación en los que sí estamos interesados (como los anuncios que nos interrumpen las películas o los banners y “pop ups” que nos molestan para ver una web).
Por eso hay cada vez más marcas que experimentan nuevas fórmulas de comunicación basadas en el “contagio” en red. La expresión con la que se ha bautizado a este tipo de promoción, “viral”, nos sirve para extender la metáfora: un anuncio convencional a través de un medio de masas sería como una bomba biológica, con la que se busca un contagio masivo, mientras que un “viral” tratará de que los contagios se produzcan “entre pares” (PtoP).
Pero se equivocan los que creen que únicamente se trata de un cambio de canal para intoxicar a un rebaño. Porque el rebaño, el “todos”, está también dejando de existir en la medida en que cualquiera de sus integrantes tiene la capacidad de introducir un mensaje exitoso en la red (o una vacuna). El otro día El País se hacía eco de un fenómeno que tenía que ver son esto (“Pepinillos en Facebook”).
La mejor aproximación que conozco a la nueva realidad del mercado en una sociedad en red es el Manifiesto Cluetrain, que ofrece algunas claves para entender esta nueva forma de comunicación.
Una de esas claves es la honestidad. La mentira (o la ocultación de la verdad) es siempre un riesgo en comunicación, pero, en el caso de la comunicación en red, este riesgo es extremo.
La campaña “Esto sólo lo arreglamos entre todos” será con el paso de tiempo un ejemplo de cómo no se debe utilizar la comunicación en red con las premisas de la comunicación de masas. En primer lugar, parte de un engaño: el de no decir claramente que alguien está dedicando unos recursos a la aplicación de unas estrategias de comunicación determinadas para lograr un resultado mayor de lo invertido. En este caso, quien invierte son las Cámaras de Comercio y un grupo de empresas.
Además, en lugar de confiar en los contagios “entre pares” o, lo que es lo mismo, en la esencia misma de la campaña, utiliza “bombas biológicas” en forma de anuncios en televisión, publicidad estática en las ciudades y prescriptores más o menos famosos.
Se olvida de la calle, de la acción, de la imaginación. Necesitan a “todos” pero temen a la masa (cuando lo que realmente deberían temer es a los individuos y su capacidad para hacer famoso a un pepinillo).
La red es neutra, y hoy la revolución es espontánea y depende de las voluntades individuales, al contrario que los medios de masas convencionales, que no son neutros, y el concepto convencional del mercado, que puede ser dirigido (a los targets). Pretender ideologizar la red y dirigir una revolución está abocado al fracaso.
Política y mass media en un mundo paralelo y cada vez más alejado del mundo real
Pienso que normalmente, todos los grupos tienden a crear mundos cerrados, en los que creen que la jerarquía de la realidad, del mundo real, coincide con los intereses comunes que cohesionan al grupo.El problema surge cuando hablamos de grupos cuyo cometido principal es el de reflejar los intereses del mundo de verdad. Es el caso de los políticos (que gestionan la vida pública) y los mass media (que gestionan la información de interés público).
El seguimiento de la actualidad nos sugiere que lo que realmente creen estos políticos es que "dirigen" la vida pública, y que lo que realmente creen los mass media es que "dirigen" la información de interés público. Piensan que seguimos viviendo en esa sociedad en la que la información fluye verticalmente en una pirámide en la que ellos ocupan el vértice superior. Pero su objetivo no es manejar sus propios intereses, sino gestionar los intereses de otros.
Y, últimamente, cada vez protagonizan con más frecuencia espectáculos ridículos porque minusvaloran a aquellos a los que se deben. Vamos, que creen que somos idiotas.
¿Cómo, si no, se explica que todos los grandes periódicos incluyan en su información sobre el debate entre Zapatero y Rajoy una encuesta sobre quién ha ganado? ¿Cómo que quién ha ganado?
Efectivamente, para los mass media, y para un puñado de frikis o hooligans de la política, que suelen ser los que votan en esas encuestas, el Parlamento es como una especie de campo de fútbol o, mejor aún, un cuadrilátero de boxeo. El objetivo es ganar o perder, y cuanto más daño se haga al adversario, mejor.
Pero no debemos olvidar que el asunto de fondo, lo que de verdad discuten, es sobre el mundo real. Ese en el que más de cuatro millones de personas buscan trabajo y en el que todos buscamos el bienestar y, si es posible, un poco de felicidad.
Para lo único que sirven esas encuestas es para que estos políticos y estos medios sigan ensimismados ante el espectáculo de su propio ombligo. Para reafirmar que "El Mundo" es un periódico conservador, que "El Público" es un periódico afín al Partido Socialista, y que "El País" quiere mantener su beatífica (aunque perdida en el mundo real) aura de objetividad, y si puede ser debilitando a Zapatero, pues mejor.
El debate en el Congreso debería haber sido otro. Zapatero debería habernos convencido de que, esta vez sí, podemos creerle cuando nos habla de una próxima recuperación y no haber hablado sobre su capacidad para hacer pactos con otros partidos (no sólo de talante vive el hombre). Y Rajoy debería haber hablado de sus fórmulas para ayudar a esa próxima recuperación. La única victoria posible de este debate será un adelanto de la recuperación económica. Y nada más. Quien gana o quien pierde somos nosotros.
Por el contrario, mantuvieron su estrategia de golpes altos y bajos, su falta de empatía, de saber ponerse en el lugar de los que asistimos a su discusión con más esperanzas que la de ganar una absurda quiniela sin premio.
Y la falta de respeto por nosotros llegó al máximo cuando Rajoy propuso al PSOE que cambie al presidente del Gobierno. Porque realmente creen que es así. Que la designación del presidente corresponde a los partidos políticos. Porque no entienden la importancia de las formas en esa democracia que ellos mismos defienden y sostienen. Las formas dicen que al presidente lo designa un Parlamento, y que el Parlamento es designado por el Pueblo. Las formas dicen que la forma de cambiar a un presidente vivo, en plenas facultades y que no ha dimitido, es una moción de censura que deben discutir todos los representantes del Pueblo. Los partidos son meras herramientas, atajos para facilitar la elección. Aunque lo cierto es que lo están haciendo de otra forma, y que lo que de verdad defienden estos políticos son los intereses de los partidos y su poder para poner o quitar, no deberían llevar la burla a hacer un reconocimiento público como éste.
En el momento en que escribo ésto, Rajoy gana por goleada la encuesta de El Mundo, Zapatero la de El Público y en El País hay un empate. Una información muy útil, al menos para entender por qué los periódicos viven la mayor crisis de su historia, una crisis que los puede hacer desaparecer.
Redes y boca a oreja. 1+1+1 es más que 3x1. El caso de la manifestación contra la fusión de las cajas en Vigo.
La física y las matemáticas nos tienen últimamente desorientados a los que aprendimos a sumar con las regletas de colores de Cuisenaire. La mecánica cuántica, la teoría de los juegos, o la teoría de los grafos son materias que a los profanos nos asustan con sólo oírlas nombrar.
Llevo algún tiempo tratando de saber cómo funcionan los flujos de información en un entorno con forma de red. En realidad, esa es la forma real de las relaciones sociales. Los que saben del asunto, aplican aquí la teoría de los grafos y sus algoritmos.
Nos relacionamos con enlaces fuertes con nuestro entorno más cercano, formamos grupos más o menos homogéneos (que los teóricos llaman clústers), y esos grupos se relacionan con otros a través de los enlaces débiles (de individuos que comparten más de un grupo). Es el asunto aquel de los “seis grados” y la confirmación de que “el mundo es un pañuelo”.
La comunicación social, tal y cómo nos la enseñaron, tiene forma de pirámide. Sobre todo la comunicación social en los medios de comunicación de masas. La eficacia en este esquema es medida en términos de multiplicación. El efecto multiplicador se encuentra cerca del vértice superior de la pirámide, en forma de mass media o de líderes de opinión, o de prescriptores. Evidentemente, el poder político, pero sobre todo el económico, se hicieron un hueco por encima, en el vértice mismo del sistema. Comprando o controlando los medios de comunicación y accediendo a los líderes de opinión y a los prescriptores a través de estrategias más o menos éticas de relaciones públicas.
Con frecuencia pienso que este funcionamiento de la comunicación social está tan implantado que los que tienen la necesidad y el poder de comunicar “desde arriba” llegan a pensar que la teoría funciona porque los que están en la base de la pirámide son gilipollas.
Pensé ésto el otro día, después de la manifestación que hubo en Vigo en contra de la fusión de las cajas de ahorros. No voy a entrar en valoraciones sobre el éxito o el fracaso de la convocatoria, porque es algo que no importa para lo que quiero decir. El caso es que había gente, un grupo significativo en relación con la población de la ciudad. Significativo desde el punto de vista del funcionamiento de las redes (un puñado de enfermos en Mexico bastó para contagiar a millones de personas de la gripe).
Cualquier persona de la ciudad ha podido recibir información sobre la manifestación de un familiar, de un amigo, de un compañero de estudios o de un compañero de trabajo. En realidad ha podido recibirla de muchos. La capacidad de influencia (o de prescripción) en estos enlaces sociales fuertes siempre va a estar por encima de la capacidad de influencia de un medio o de un líder de opinión, y no digamos de un político (cuyos intereses directos en el asunto son evidentes). Y esta reflexión no tiene nada que ver con la objetividad. Recuerdo a un escritor italiano que decía que un general del frente no es la mejor fuente de información sobre una batalla.
El despropósito empezó cuando el alcalde dijo que había 300.000 personas allí mismo, en plena concentración. Cualquiera, haciendo cuentas de las personas del entorno más cercano que no asistieron y mediante una burda lógica estadística sabía que mentía. Y, al día siguiente, el absurdo se multiplicó al resto de los políticos y medios de comunicación. El PP y el BNG hablaron de fracaso en la convocatoria y la prensa respondió en función de sus intereses (geográficos en este caso). Y mientras, la información, la de verdad (que no necesariamente la verdadera, como dije antes), fluía por otros cauces: los del boca a oreja. La información que prevaleció fue la de que había mucha gente.
Creo que cada vez más, la comunicación es cosa de individuos y que las fórmulas más eficaces para la transmisión de información van a ser las basadas en ese “boca a oreja” y en las redes. La información eficaz tendrá que contentar, en primer lugar al individuo, que es a la vez receptor y medio. Cualquier intento de engaño, o de manipulación, o de falta de ética será castigado con el silencio o con la antipatía. La creatividad, la honestidad y la empatía serán premiados con la difusión.
Y el asunto no solo tiene que ver con la comunicación, sino también con la propia organización de las sociedades, como reflejan los conceptos de plurarquía o netocracia. Pero, de eso, ya hablaremos.
Llevo algún tiempo tratando de saber cómo funcionan los flujos de información en un entorno con forma de red. En realidad, esa es la forma real de las relaciones sociales. Los que saben del asunto, aplican aquí la teoría de los grafos y sus algoritmos.
Nos relacionamos con enlaces fuertes con nuestro entorno más cercano, formamos grupos más o menos homogéneos (que los teóricos llaman clústers), y esos grupos se relacionan con otros a través de los enlaces débiles (de individuos que comparten más de un grupo). Es el asunto aquel de los “seis grados” y la confirmación de que “el mundo es un pañuelo”.
La comunicación social, tal y cómo nos la enseñaron, tiene forma de pirámide. Sobre todo la comunicación social en los medios de comunicación de masas. La eficacia en este esquema es medida en términos de multiplicación. El efecto multiplicador se encuentra cerca del vértice superior de la pirámide, en forma de mass media o de líderes de opinión, o de prescriptores. Evidentemente, el poder político, pero sobre todo el económico, se hicieron un hueco por encima, en el vértice mismo del sistema. Comprando o controlando los medios de comunicación y accediendo a los líderes de opinión y a los prescriptores a través de estrategias más o menos éticas de relaciones públicas.
Con frecuencia pienso que este funcionamiento de la comunicación social está tan implantado que los que tienen la necesidad y el poder de comunicar “desde arriba” llegan a pensar que la teoría funciona porque los que están en la base de la pirámide son gilipollas.
Pensé ésto el otro día, después de la manifestación que hubo en Vigo en contra de la fusión de las cajas de ahorros. No voy a entrar en valoraciones sobre el éxito o el fracaso de la convocatoria, porque es algo que no importa para lo que quiero decir. El caso es que había gente, un grupo significativo en relación con la población de la ciudad. Significativo desde el punto de vista del funcionamiento de las redes (un puñado de enfermos en Mexico bastó para contagiar a millones de personas de la gripe).
Cualquier persona de la ciudad ha podido recibir información sobre la manifestación de un familiar, de un amigo, de un compañero de estudios o de un compañero de trabajo. En realidad ha podido recibirla de muchos. La capacidad de influencia (o de prescripción) en estos enlaces sociales fuertes siempre va a estar por encima de la capacidad de influencia de un medio o de un líder de opinión, y no digamos de un político (cuyos intereses directos en el asunto son evidentes). Y esta reflexión no tiene nada que ver con la objetividad. Recuerdo a un escritor italiano que decía que un general del frente no es la mejor fuente de información sobre una batalla.
El despropósito empezó cuando el alcalde dijo que había 300.000 personas allí mismo, en plena concentración. Cualquiera, haciendo cuentas de las personas del entorno más cercano que no asistieron y mediante una burda lógica estadística sabía que mentía. Y, al día siguiente, el absurdo se multiplicó al resto de los políticos y medios de comunicación. El PP y el BNG hablaron de fracaso en la convocatoria y la prensa respondió en función de sus intereses (geográficos en este caso). Y mientras, la información, la de verdad (que no necesariamente la verdadera, como dije antes), fluía por otros cauces: los del boca a oreja. La información que prevaleció fue la de que había mucha gente.
Creo que cada vez más, la comunicación es cosa de individuos y que las fórmulas más eficaces para la transmisión de información van a ser las basadas en ese “boca a oreja” y en las redes. La información eficaz tendrá que contentar, en primer lugar al individuo, que es a la vez receptor y medio. Cualquier intento de engaño, o de manipulación, o de falta de ética será castigado con el silencio o con la antipatía. La creatividad, la honestidad y la empatía serán premiados con la difusión.
Y el asunto no solo tiene que ver con la comunicación, sino también con la propia organización de las sociedades, como reflejan los conceptos de plurarquía o netocracia. Pero, de eso, ya hablaremos.
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Vigo
Dated:
martes, febrero 16, 2010
