Aznar propone sofocar el fuego de la crisis con gasolina

Si hay algo en lo que coinciden todos los analistas acerca de la actual crisis es que se originó cuando los edificios de las principales bolsas mundiales se convirtieron en casinos en los que las compañías financieras empezaron a jugarse a la ruleta el dinero de la sociedad productiva o ahorradora. Es también sabido que ha sido la falta de control y de una mayor intervención pública sobre las operación especulativas la que nos ha traído al punto en el que nos encontramos. La explosión de una burbuja es el resultado de la suma de todos los soplidos que a lo largo del tiempo la han engordado. Y el que sopla una burbuja sabe que su destino es reventar. Poco importa si la causa última es un dedo malicioso, la colisión fortuita con una rama o un golpe de aire.

Hace poco he leído que una de las principales características de la evolución de los mercados es la facilidad con la que pierden la memoria. Hay autores que explican de esta manera la secuencia de ciclos que caracterizan esta evolución, con progresivas amnesias hacia la cumbre y súbitas caídas hacia el valle de la realidad. También se nos ha explicado que los ciclos suaves y cercanos en el tiempo forman parte de una tendencia que pertenece a un ciclo superior, más duradero y de consecuencias más graves.

Desde los años 30 del siglo pasado, los mercados acometieron la “operación amnesia” del crack del 29. Al principio, Roosvelt entendió que la única respuesta posible era tomar cartas en el asunto, y acometió la política más intervencionista de la historia de los Estados Unidos. En el ámbito político, floreció una izquierda y una actividad sindical que fueron rápidamente purgadas por la “guerra fría” y el macarthismo. Pero, en el ámbito económico, este esquema de intervención se mantuvo, en progresivo debilitamiento, hasta que, en 1999, se derogó la Ley Glass-Steagall, símbolo de la política “roosveltiana”. Una ley cuya principal característica era la de separar el dinero de la especulación del dinero de la producción y el ahorro. Famosa es la frase de Roosvelt: “prefiero rescatar a los que producen alimento que a los que producen miseria”. (De nuevo recomiendo este artículo de 2004 de Red Voltaire, en el que se cita esta frase, por su carácter premonitorio.)

A pesar del abismo ideológico que me separa del rumbo político y social de Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX, creo que Roosvelt fue un político valiente, que con iniciativas como su reforma financiera o la promoción de la ONU, fue uno de los responsables del espejismo que se ha llamado el estado del bienestar. Otra responsabilidad principal le correspondió a las naciones europeas a partir del Tratado de Roma. Y otra a los movimientos sociales, representados por el activismo anti-guerra de Vietnam y el Mayo del 68 francés.

El declive de este “parche” al capitalismo se inició con las victorias electorales de Reagan, en Estados Unidos, y Margaret Thacher en el Reino Unido. Por encima de los matices ideológicos, ambos políticos instauraron una nueva era, que se consolidó con la intervención de otras influencias socialmente poderosas, como el papado de Juan Pablo II (y el consiguiente ocaso de la visión social de la Iglesia del Concilio Vaticano II) y el fin de la guerra fría.

Y el apogeo de esta decandencia comenzó con el mandato de Bush padre y llegó al punto más alto con la consolidación política de las doctrinas neocon por parte de Bush hijo. La principal característica de ese neoconservadurismo contaminado de neoliberalismo (primera contradicción) ha sido la defensa a ultranza de un sistema que propugna libertad para el mercado y la represión para las personas (la misma contradicción). La posibilidad de que los bancos se jueguen grandes cantidades del dinero de los ahorradores en bonos basura, con la derogación de la Ley Glass-Steagall (cuando gobernaba Bush padre), forma parte de esa libertad de mercado.

Y he dicho “por encima de matices ideológicos”, porque durante ese tiempo también gobernaron personajes como Bill Clinton o Tonny Blair, a los que se presuponía una postura más progresista, sin que hubiera habido cambios significativos.

La deriva del sistema ha sido clara, desde el intervencionismo “roosveltiano” que sacó al mundo del pozo del 29 hasta el neoliberalismo de los Bush que lo arrojó a la sima del 2008. En ambos casos, los primeros perjudicados tras la debacle fueron los trabajadores y los sectores productivos. Pero a pesar de las similitudes, hay algunas diferencias muy sustanciales: Roosvelt dijo aquello de rescatar a los que producen alimento antes que a los que producen miseria. Sin embargo, en esta ocasión, la primera medida fue el rescate de los bancos.

Por otra parte, la supremacía de EE UU en el mundo estaba ya muy clara a mediados del siglo pasado, y, sin embargo, hoy hay dos cabezas capitalistas: EE UU y la UE, y varias cabezas emergentes: Brasil, China, India, etc.. Roosvelt pudo hacer una legislación bancaria de influencia mundial, mientras que hoy todos se preguntan quien le pone el cascabel al gato. Hace unos días, Angela Merkel dijo que la creación de un impuesto especial sobre las transacciones bancarias sólo tendría sentido si se aplica a escala mundial. Sin embargo, a pesar de las presiones de especuladores y neoliberales, la necesidad de cobrar más  impuestos a los jugadores de ruleta de los mercados cuenta con un amplísimo consenso político internacional. De hecho, Obama, con su propuesta de reforma, está tratando de emular a Roosvelt.

Otra gran diferencia radica en el hecho de que esa visión neoliberal haya equiparado a las empresas y a los Estados en los mercados especulativos. De hecho, la deuda pública es calificada por las mismas agencias (privadas), que califican a los productos financieros y especulativos y reciben en el libre mercado el mismo tratamiento. El gasto público, recordemos, paga prestaciones sociales, como el paro o la sanidad y servicios públicos como las carreteras y autovías. Una empresa privada con deudas puede dejar de producir o prestar servicios, pero los servicios públicos esenciales deben seguir garantizándose, aún a riesgo de que la deuda pública aumente.

Y, sin embargo, hoy hay una obsesión por reducir la deuda pública, como si ese fuera el problema.

La “operación amnesia” fue, en esta ocasión, fulminante y hoy, apenas un par de años después de la explosión de la burbuja de las hipotecas subprime y las inversiones basuras, la discusión se ha derivado hacia el euro y hacia los Estados del sur de Europa, que los especuladores, con un par, han bautizado como PIGS (Portugal, Italia, Grecia y Spain), Conviene recordar que los que se alimentaron de aquella basura en la piara de Wall Street fueron ellos.

Es fácil adivinar de dónde viene esta cortina de humo. Pero es más fácil todavía si de repente reaparece en escena uno de los personajes más monstruosamente curiosos de los últimos tiempos. Que José María Aznar ha asumido un papel de friqui del neocon forma ya parte del imaginario colectivo. Él es el personaje capaz de desvelar una estrategia por incontinencia verbal, como el loro indiscreto del chiste. Como sucediera en las Azores, o con los zapatos sobre la mesa en compañía de Bush, a Aznar le cuesta asumir el papel de comparsa, de tonto necesario, y, mientras los verdaderos autores de la estrategia mantienen una actitud sibilina y maquiavélica, precisamente para garantizar los resultados, lo que hace este personaje es irse de la boca.

Es lo único que se puede interpretar del artículo (hay que registrarse para leerlo) que Aznar ha firmado en el Financial Times en el que, con la que está cayendo, propone sin tapujos apagar el fuego de la crisis con la misma gasolina que fue su combustible: quiere liberalizar el despido de trabajadores, frenar el desarrollo sostenible, privatizar las cajas de ahorros (la única banca que garantiza que parte de sus beneficios son destinados a obra social) y privatizar empresas públicas. Y, ya de paso, arremete contra los gobiernos “de izquierdas”, contra Francia y Alemania y contra el gasto público. ¿Acaso no recuerda Aznar que fue el presidente del Gobierno de un país en un momento en el que su auge económico únicamente pudo ser posible por la entrada de fondos de la UE destinados a la cohesión, el famoso Objetivo 1? ¿Que hubiera sido de "su" España sin la inversión pública?

Pero, como digo, lo peor no es la necedad del desagradecido, ni la irresponsabilidad de quien arroja piedras sobre su propio tejado, sino esa incontinencia verbal que lo inutiliza incluso para ser herramienta al servicio de sus amos. Esos amos que han llevado al mundo a ser un espacio de culturas violentamente enfrentadas sumido en una crisis económica global.

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